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Semanario Económico y Financiero de Cuba

El decoro, el amor y el bien

Un cáncer fulminante terminó por vencer, este jueves 28 de mayo, la existencia física de nuestro Herminio Camacho Eiranova, subdirector editorial de Juventud Rebelde, diario que desde entonces está de luto y acompaña con profundo dolor a familiares y amigos más allegados. Su cadáver fue cremado; su ejemplo, sin embargo, nos seguirá inspirando.

Me mantuvo llorando día a día mientras duró este calvario. Hasta que pasó lo inevitable, lo que no se merecía. Nadie se escapará de la muerte, pero esa cabrona se apresuró demasiado con Herminio Camacho Eiranova y, como suele ocurrir con frecuencia, con los buenos por obra contundente de una virtuosa existencia, la vida mal premió su bondad, su humanidad, su entrega absoluta al trabajo, su manera ejemplar de amar y velar por los suyos. Sin merecerlo, su final ha sido brutal, trapalero, cobarde.

Llegó a Juventud Rebelde con una hoja de ruta brillante como director de la Casa Editora Abril, y aunque pertenecía a la misma familia de la Unión de Jóvenes Comunistas, no encontró de inmediato muchas sonrisas cuando le dieron la responsabilidad de prestigiar con sus sólidos conocimientos de editor, con su notable inteligencia, con su vasta cultura y experiencia, con su mirada limpia y transparente, el quehacer de un colectivo que no regala con facilidad amores; que no se confía demasiado en los currículos, por abultados que aparezcan. Hay que ser íntegro, respetable, de raza, sin dobles caras, para conquistar el respeto, al menos el unánime, de un grupo de periodistas, correctores, fotógrafos, diseñadores, choferes, recepcionistas..., que no tardó, sin embargo, en abrazarlo.

Llegó a Juventud Rebelde en aquellos tiempos en que solíamos viajar a todas las provincias, para escudriñarlas de cerca, para sentir la respiración de nuestros lectores. Y como bautizo candente le tocó ir al frente de una tropa de profesionales de primera, pero también excesivamente entusiastas y parranderos, que eligió como destino Holguín, justo el año en que le entregaron ese territorio en sus manos al actual Presidente de la República.

Recuerdo el encuentro memorable, familiar, que sostuvimos con Miguel Díaz-Canel Bermúdez, y también las preguntas y las observaciones certeras de un hombre que en Abril se había echado encima, sin reparar en horas ni días, los más impresionantes proyectos editoriales de la Batalla de Ideas. Y así se convirtió en el máximo responsable de los libros que tenían como centro al líder indiscutible de la Revolución, pero asimismo de la Biblioteca Familiar; del libro inspirado en Elián González…

Y fueron esas pocas jornadas de confraternidad en el distante oriente, de «toreo»por su parte y de «entrar por el aro» por la nuestra, la mejor carta de presentación de este líder humilde, que jamás se vanaglorió de sus grandezas intelectuales, en su nuevo papel de subdirector de la Editora Juventud Rebelde. Por eso lo hemos querido: por su integridad, su sentido del equilibrio, de lo justo, por esa capacidad suya para lograr siempre sumar en lugar de restar; de escuchar, de comprender; por ese don de querer ser siempre útil.

Escribo su nombre completo en el buscador de Google: «Herminio Camacho Eiranova» y no lo hallo de protagonista en nada, ¡con lo mucho que hizo! Ni idea tengo de los años que su sabiduría iluminó a Juventud Rebelde y, sin embargo, siento como si hubiera estado una eternidad en ese espacio de largos, interminables días, donde poco a poco lo vimos apagarse, donde el cáncer comenzó a cercarlo, sin apenas permitirle, en los últimos tiempos, siquiera leer como hubiera deseado aquellas páginas que cuidaba con el mismo amor, delicadeza, responsabilidad, dulzura, con que, a media e inspirada voz, como si se tratara de un galán de película, le susurraba un poema a la muchacha que le robara el corazón, pero que la mayoría de las veces añoraba desde la distancia, porque este caballero tenía, ante todo, un compromiso que cumplir: jamás fue menor, para Herminio, ni una sola cuartilla del periódico. ¡Jamás!

Coño, Herminio, te fuiste, y este coronavirus no me dejó estar más cerca físicamente de ti. Hubiera querido decirte que no te resistieras más, que finalmente nos han jodido, pero que, aunque no crea mucho en esas historias del más allá, ahora mismo tengo fe en que ya nos encontraremos, y nos abrazaremos, y te agradeceré, en nombre de muchos, por tu amistad, tu lealtad, por lo que nos enseñaste, por evidenciarnos de cuántas maneras se puede demostrar, de verdad, de corazón, el amor de padre, de hijo, de pareja, de compañero, de revolucionario, de amigo.

Ya en mi memoria esculpí tu tarja: esa que únicamente les dedico a quienes han pasado por esta vida con la cabeza erguida, en alto, porque solo han conocido el decoro, el amor y el bien. Me inclino ante tu obra. Descansa en paz.