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Semanario Económico y Financiero de Cuba

Rejuvenecida, reta al tiempo

A finales del siglo XVII a orillas del río Guamá surgió el poblado que tras un largo proceso de conformación histórica se convirtió en villa en 1859 y fue reconocido como la ciudad de Pinar del Río en 1867

Agazapada bajo la sombra de altos pinares y acariciada por riachuelos que pellizcan la tierra aquí o allá, la ciudad capital de la provincia más occidental cubana reta al tiempo y rejuvenece con el sello único del aroma nacido de las vegas de tabaco que la circundan y el alegre bullicio de sus gentes en las calles.

A finales del siglo XVII a orillas del río Guamá surgió el poblado que tras un largo proceso de conformación histórica se convirtió en villa en 1859 y fue reconocido como la ciudad de Pinar del Río en 1867.

Según un artículo de la autoría del historiador Enrique Giniebra y Yarian Corvea la Reina de España firmó el real acuerdose produce como resultado de los progresos alcanzados por Vueltabajo después de un importante proceso de ascensos constantes en materia económica, al llegar las producciones de tabaco al punto más elevado en cantidad, calidad y fama.

Tal declaración oficial -indica- no constituía un acto más desde el punto de vista burocrático, como otros documentos legales de la Corona Española en relación con determinados territorios de la isla de Cuba.

Y es que el pueblo de Pinar del Río transitó por diversas pruebas en su proceso de génesis y desarrollo como pocas ciudades de América Latina.

Entre las condicionantes que contribuyeron a gestar el poblado, hay algunas relevantes como es el caso de la creación en 1774 de la tenencia de Gobierno de Nueva Filipina y la necesidad de las autoridades coloniales de fomentar una población con posibilidades de convertirse en cabecera de la jurisdicción.

Esa decisión -agrega el artículo- quedó demostrada en los intentos por mantener al poblado de Guane con ese privilegio, porque no había otro en toda la comarca.

No obstante, posteriormente Pinar del Río fue imponiendo su ventajosa posición al centro de la región, donde de forma esporádica fue estableciéndose el teniente gobernador, hasta quedar definitivamente radicado allí.

Pero en 1800, Pinar del Río era aún solo una aldea con cerca de 20 casuchas de embarrado y guano, sin un ordenamiento racional.

De acuerdo con historiadores, el 28 de julio de 1863 el teniente gobernador envía a su majestad la solicitud del ayuntamiento sobre la concesión del título de ciudad, pero a partir del análisis efectuado por el Ministerio de Ultramar y la Reina Isabel II denegaron la petición.

En 1865 se repite el hecho, con igual respuesta, hasta que finalmente el 10 de septiembre de 1867 se declara a Pinar del Río como ciudad y el 14 de octubre del mismo año fue comunicada la noticia, y festejada por las autoridades y la población.

Al filo de los 150 años de aquel acontecimiento, aires renovadores estremecen a la ciudad, surgen nuevos establecimientos, otros mejoran su faz, los parques son transformados, los separadores de las avenidas invitan a tomar sombra y admirar la belleza del entorno, se renueva el alumbrado público, las redes eléctricas e infinidad de acciones más, para  beneplácito de los pobladores que afianzan con más vera el sentido de pertenencia hacia la urbe.

Y todo se hace en armonía con el tradicional diseño de la ciudad, con una gran influencia rural, y la tipicidad del espacio portal abierto, de columnas con obras muy hermosas como es el caso del Palacio de Guasch, que con un estilo ecléctico es considerada la edificación citadina más emblemática y monumento local, sitio donde radica hoy el museo de historia natural Tranquilino Sandalio de Noda.

Con sus techos rojizos en contraste con el arbolado de sus parques y paseos, la localidad posee el encanto de la tradición, y los visitantes suelen ir a su encuentro en la Casa Garay, cuna de la Guayabita del Pinar, licor único de su tipo en el mundo, elaborado a partir de las frutillas de igual nombre que crecen silvestres en las montañas de la provincia más occidental cubana.

Allí, en una de las factorías más pequeñas del planeta -que no escapa a las actuales reformas por la efeméride-  se fabrica ese licor ancestral, muy frecuentado por turistas de diversas latitudes, atraídos por la exclusividad de un brindis con sabor a tradición.

La más céntrica avenida pinareña, que a raíz de este aniversario multiplicará su animación,  acoge en una de sus esquinas al teatro José Jacinto Milanés, un símbolo cultural de la occidental provincia de Pinar del Río, cuyo nombre rinde homenaje a un célebre poeta cubano, quien cuentan, perdió la razón por el amor de una mujer en el siglo XIX.

El Milanés, como le llaman cariñosamente a su coliseo los pinareños, fue construido en 1837 y su inauguración resultó uno de los eventos más importantes de la cultura cubana por su fastuosidad y excelente acústica, entre otras cualidades, mientras desde su apertura hasta hoy, en sus tablas dejaron su huella las más significativas figuras de la cultura cubana.

Pero como suele asegurar el historiador Juan Carlos Hernández, uno de los mayores tesoros de la ciudad es su gente, pues en sus predios formó y forjó su tradición patriótica y antiimperialista Antonio Guiteras, aquí la generación del centenario tuvo una gran fortaleza y desde este lugar partieron al Moncada y al Asalto al Palacio Presidencial muchos jóvenes y otros se incorporaron a la lucha en la Sierra Maestra.

Identidad, cultura, tradición y otros muchos valores se funden para distinguir a esta urbe, que muy próxima a su aniversario 150 sus hijos se afanan por imprimirle brillo y esplendor para debutar el 10 de septiembre próximo con aires de gran ciudad.