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Semanario Económico y Financiero de Cuba

¿Se extinguirá la cadena humana?

Al celebrarse el Día Mundial de la Alimentación, el 16 último, cerca de 870 millones de personas en el mundo sufrían desnutrición crónica. Los modelos insostenibles de desarrollo están degradando el ambiente natural, amenazando a los ecosistemas y la biodiversidad que serán necesarios para el abastecimiento futuro de alimentos

La población mundial será de alrededor de 8 300 millones de habitantes para 2025, según pronósticos recientes del Centro de Información de las Naciones Unidas (CINU). Tal incremento hace frente a una disminución del área de la tierra cultivable cada vez mayor, lo que limita la disponibilidad de alimentos, no solo para la raza humana, sino también para los animales. Sin embargo el hombre dispone de conocimientos y tecnologías para sobreponerse a estas calamidades, aunque políticas oficiales estrechas y de reparto desigual de la riqueza han provocado impactos ambientales negativos.

El consumo de alimentos se considera como de alto impacto social, económico y potencialmente conflictivo. En los últimos años numerosos factores atentan contra su diversificación como actividad imprescindible para el desarrollo: la caída de la productividad (campo y fábrica) ante la crisis económica, el crecimiento acelerado de los precios y la disminución de los consumos internos por la falta de políticas gubernamentales; todo ello motoriza la extrema pobreza en diversas regiones del mundo, a tal punto que hay naciones donde las cuestiones alimentarias han sido catalogadas como objetivos de seguridad nacional. Muchos son optimistas porque en los últimos años la producción de comestibles ha aumentado de forma vertiginosa -incluso más que la tasa de crecimiento de la población mundial-, en cambio otros, ignoran que actualmente una de cada siete personas muere de hambre cada día debido a la carencia de medios para adquirirlos.

Analizar las necesidades alimentarias; evaluar la disponibilidad; vigilar los niveles de reservas y supervisar las políticas encaminadas a garantizar su seguridad de comestibles constituyen las medidas urgentes en aras de preservar la civilización. La organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) divulgó un informe oficial,   el cual destaca que 12,5 % de la población mundial podría extinguirse debido a la situación alimentaria, ello contempla que 26 % de los niños en el mundo padecen de retraso en el crecimiento y 2 000 millones de personas carecen  de micronutrientes. Aparte del costo social que ello puede significar, para la economía global significa la pérdida de productividad, y los gastos directos de atención sanitaria podrían representar hasta 5 % del PIB global. Una situación que en medio de la crisis que afecta al globo es incosteable, y muy probable que aleje a los gobiernos de responder a tales necesidades.

Ante la posibilidad de superar la inestabilidad alimentaria aparece el cambio climático, los altos precios de la energía, la globalización y la urbanización, los cuales, de forma lapidaria, transforman la distribución y el consumo, la producción y los mercados de alimentos. Asimismo, la creciente influencia del sector privado en el sistema alimentario mundial, especialmente la incidencia de los comerciantes minoristas y las grandes transnacionales, también aceleran el estado de shock  de las agroindustrias. Los cambios en la disponibilidad de los alimentos, el aumento en los precios de los productos básicos y los nuevos vínculos entre los productores y los consumidores generan repercusiones importantes en los medios de sustento de las poblaciones pobres y de las que experimentan inseguridad alimentaria.

Biocombustibles vs. Alimentos

Expertos aseguran que analizar e interpretar las recientes tendencias y los cambios emergentes en la situación alimentaria mundial, con el propósito de ofrecer a las instancias decisorias la información necesaria para promover respuestas adecuadas en los ámbitos local, nacional, regional e internacional, constituye el ahora o nunca de las poblaciones amenazadas por el hambre, además de prestar una renovada atención, desde todos los enfoques posibles, a las estrategias de desarrollo agrícola.

Trabajar por la erradicación del hambre es mirar hacia un futuro sostenible y equitativo, donde se refleje la igualdad social mediante políticas más efectivas en muy corto plazo. Algunos esfuerzos de los organismos internacionales están concentrados en persuadir a los países industrializados para disminuir los procesos de expropiaciones forzosas, los cuales han provocado una compra masiva de tierras en todo el mundo que, a su vez, ha obligado a pequeñas familias agricultoras a abandonar sus tierras como consecuencia de injustos acaparamientos que destruyen medios de vida, además de hacer peligrar los limitados recursos hídricos del planeta.

A medida que la demanda de los productos para combustible de los países ricos aumenta, sus precios se disparan y millones de personas padecen hambre en los países pobres. Ante la creciente demanda de los biocombustibles en el mercado internacional los productores del campo han entrado en una competencia entre producir para el consumo humano o para las plantas de etanol; estamos hablando de productos de primera necesidad como el maíz, caña de azúcar, trigo, soya, entre otros, que garantizan una producción variada de derivados indispensables para el desarrollo de la sociedad.

Los especialistas del programa Mundial de Alimentos de la ONU ubican entre los países más propensos a las muertes por los efectos del hambre a Etiopía, Mozambique, El Congo y Zambia, lo que ratifica al continente africano como la región más afectada por esta causa y con un índice de desnutrición de 35 % de la población, a ello se suman India, Madagascar, Haití y otras regiones asiáticas, aunque en menor proporción.

El Programa Mundial de Alimentos estima que se necesitan más de 3 000 millones de dólares al año para llevar alimentos a 66 millones de niños en edad escolar que sufren hambre en todo el mundo, pero que se distribuyen solamente en 20 países de Asia, África y Oceanía.

¿Qué hacer? no es una decisión moral difícil, aunque sí económica y política. La  inmutabilidad de quienes tienen en sus manos el poder necesario para invertir la realidad condena a la muerte, cada minuto, a  miles de habitantes de nuestro planeta.