Una de las consecuencias derivadas del bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán —en el contexto de la agresión de Estados Unidos e Israel, y de sus aliados en la región— y de las de las que poco se ha hablado es su impacto en la disminución de la producción de fertilizantes. Como las cuentas de un collar, los efectos de esta situación: alza de precios, escasez de alimentos y hambre, irán saliendo uno a uno. Autor: Cubadebate Publicado: 08/04/2026 | 08:38 am
Una de las consecuencias derivadas del bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán —en el contexto de la agresión de Estados Unidos e Israel, y de sus aliados en la región— y de las de las que poco se ha hablado es su impacto en la disminución de la producción de fertilizantes. Como las cuentas de un collar, los efectos de esta situación: alza de precios, escasez de alimentos y hambre, irán saliendo uno a uno.
Una de las consecuencias derivadas del bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán —en el contexto de la agresión de Estados Unidos e Israel, y de sus aliados en la región— y de las de las que poco se ha hablado es su impacto en la disminución de la producción de fertilizantes como urea, amoniaco, fosfatos, y azufre. Dichos insumos, al igual que pesticidas y herbicidas como el glifosato, son “irremplazables” en la producción de alimentos desde la lógica de la agricultura industrial capitalista. Como las cuentas de un collar, los efectos de esta situación: alza de precios, escasez de alimentos y hambre, irán saliendo uno a uno. Un elemento más en la construcción de un escenario apocalíptico, de posible holocausto nuclear, cambio climático global y destrucción de las condiciones de vida en el planeta, ocasionado únicamente por la ambición capitalista, y la complacencia y pasividad de la comunidad internacional.
Lo anterior queda en evidencia tanto con la reciente declaración de Donald Trump al Financial Times en la que afirmó abiertamente que “lo que quiere es tomar el petróleo en Irán” —el mismo medio informó, por cierto, que su secretario de defensa, el cristiano supremacista Pete Hegseth, intentó comprar a través de un corredor de bolsa acciones de un fondo de inversión en materia de defensa, antes de atacar Irán en febrero pasado—, como con aquellas resoluciones de las Naciones Unidas que en lugar de sancionar a los agresores que perpetran la doctrina Gaza —limpieza étnica, destrucción de infraestructura, hospitales, escuelas, carreteras, plantas de electricidad— ahora en el Líbano e Irán, condenan a este último país.
Dependencia de los fertilizantes
Los fertilizantes, al igual que una infinidad de otros valores de uso en la sociedad moderna actual, también dependen de la industria de los hidrocarburos para su fabricación. La crisis en su producción, justo en el momento en que está por iniciarse el ciclo agrícola, impactará de forma negativa en la producción de alimentos, no solo en aquellos países que dependen directamente del suministro procedente de la región, ya que la escasez traerá alzas en los precios en todo el mundo.
En consecuencia, Rusia —uno de los mayores productores— para proteger su mercado interno detuvo el pasado 21 de marzo las exportaciones de fertilizantes y materias primas para su producción como el nitrógeno. Por su parte China, otro gran productor, extendió las restricciones que mantenía a la exportación de los mismos productos. La situación tendrá un fuerte impacto no solo en grandes importadores como Brasil, la India y Estados Unidos —los cuales en conjunto consumen el 36% de la producción mundial de fertilizantes—, sino en los países que dependen tanto de la agricultura para subsistir como de las importaciones de alimentos, ambas condiciones propias de muchos de los países más pobres del mundo.
Dejando a un lado las consecuencias que tendrá la escasez de fertilizantes a corto y mediano plazo, nos gustaría abordar algunos aspectos que nos ayuden a entender cómo se estableció en la agricultura moderna a gran escala caracterizada por monocultivos, la dependencia, al grado de ser una adicción, a los fertilizantes inorgánicos.
El origen de los fertilizantes inorgánicos
En el libro ya convertido en un clásico La ecología de Marx: Materialismo y naturaleza (2004) John Bellamy Foster evidenció la falsedad del mito de que a Marx nunca le interesó eso que hoy llamamos ecología porque, según sus detractores, sus preocupaciones se centraron únicamente en el desarrollo de las fuerzas productivas sin considerar sus efectos. Foster, editor del Monthly Review, expone que este último en realidad desarrolló una “crítica de la ecología de la agricultura capitalista”, a partir del análisis de las contradicciones y el impacto que tienen las prácticas capitalistas —depredadoras, intensivas y extensivas— en la pérdida de la fertilidad de la tierra, al agotar los suelos y dejarlos infértiles, como un reflejo de la destrucción de las condiciones materiales de reproducción de la vida, hecho que Marx asoció con el término de “fractura metabólica”.
Los fertilizantes dependen de la industria de los hidrocarburos para su fabricación. La crisis en su producción, justo en el momento en que está por iniciarse el ciclo agrícola, impactará de forma negativa en la producción de alimentos
Ante la crisis de fertilidad que ya se manifestaba en el siglo XIX la respuesta de las fuerzas productivas y de ramas de la ciencia a su servicio como la química y la edafología, fue el desarrollo de los fertilizantes inorgánicos. Esta solución cimbró los planteamientos lapidarios hechos por Malthus décadas atrás, respecto a que la humanidad estaba condenada por las “leyes de la naturaleza” a perecer por la falta de alimentos si seguía creciendo al ritmo que lo hacía, porque, a diferencia de la producción de alimentos que crecía aritméticamente, la población humana lo hacía exponencialmente. Marx demostró que las leyes naturales de las que hablaba Malthus no eran ajenas a las condiciones históricas materiales de cada sociedad.
Las prácticas capitalistas —depredadoras, intensivas y extensivas— tienen un impacto en la pérdida de la fertilidad de la tierra, al agotar los suelos y dejarlos infértiles
Vale la pena mencionar que durante el siglo XIX las potencias coloniales de la época y Estados Unidos desarrollaron otro gran negocio: la apropiación, control y explotación de las islas de guano —un abono natural rico en nitrógeno y en fosfatos, producto de los detritos de las aves que se acumulan en los lugares que habitan—. Foster precisa cómo los Estados Unidos, en el contexto de una crisis de fertilidad en sus tierras agrícolas y amparados en la Ley de las Islas de Guano (1856), se apoderaron de noventa y cuatro lugares (Foster :234, 2004). Pese a ello no pudieron satisfacer sus crecientes necesidades.
Agricultura industrial: Fertilizantes inorgánicos, pesticidas y herbicidas
De esta manera los fertilizantes inorgánicos constituyeron una de las formas en que la sociedad capitalista, que tendía a establecer grandes concentraciones urbanas subordinado el campo a la ciudad respondía a la crisis generada por el mismo modo de producción, incorporando a la tierra nutrientes artificiales y regresándole la capacidad de seguir produciendo, y creando, a su vez, una dependencia, o más propiamente una adicción, a los fertilizantes inorgánicos en la agricultura.
Tiempo después, a esta dependencia a los fertilizantes inorgánicos se sumaría la de los pesticidas, herbicidas y semillas “mejoradas”, producto de la Revolución verde de la década de los sesenta del siglo pasado, la forma en que el capitalismo y su industria recicló y reutilizó el conocimiento científico plasmado en el desarrollo de armas químicas y biológicas bajo el contexto de la Segunda Guerra Mundial, aplicándolo a la producción de alimentos. Los defensores de la agricultura industrial plantean que sin estos desarrollos sería imposible alimentar a una población mundial en aumento. Sin embargo, pasan por alto todas las consecuencias y externalidades que tienen estas prácticas agrícolas tanto en el medio ambiente y en la salud de las personas, debido a la contaminación del agua y a la exposición de campesinos y jornaleros a sustancias peligrosas, como en el aumento en la brecha de la desigualdad social producto de la concentración de las tierras agrícolas en pocas manos, latifundios y monopolios, y en la pérdida de la riqueza cultural y genética generada por los monocultivos.
Tablita de salvación
En contraste con esta agricultura “adicta” y que genera dependencia, existen prácticas agrícolas que no obedecen una lógica depredadora. En algunos casos estas prácticas “alternativas” tuvieron su origen en la incapacidad de acceder a los mismos agroquímicos que hemos mencionado. En otros han sido la tabla de salvación para la sobrevivencia de distintos grupos —campesinos y personas comunes y corrientes— a partir de mantener viva una herencia de conocimientos que ha pasado de generación en generación, y que hoy sirven para producir alimentos respetando y restaurando los ciclos naturales de la tierra a través del empleo de abonos orgánicos, compostas, reciclamiento de agua, biofertilizantes, etcétera.
Una forma distinta de entender el campo, no como algo que está fuera, algo externo, sino como algo a lo que estamos vinculados, conectados. Ejemplo de ello son la agroecología en Cuba y la agricultura de traspatio en México, que además de ser prácticas de sobrevivencia son ejercicios que promueven una alimentación sana, respetuosa con el medio ambiente —sustentables y sostenibles—y que ayudan a recuperar la soberanía alimentaria.
Y aunque reconocemos que estás prácticas están focalizadas en contextos específicos, y que de cierta forma son gotas de agua en el océano, la situación actual de crisis nos obliga a considerar seriamente todas las alternativas y a buscar otras, pues de ello parece depender nuestra sobrevivencia.
(Tomado de Cubadebate )








