Sin sospecharlo, Alí Primera escribió décadas atrás uno de los epitafios que honran la vida y obra del hombre que este martes 5 de marzo, a las 4 y 25 de la tarde, nos dejó físicamente: “ los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”.
Tampoco pudo sospechar Hugo Rafael Chávez Frías en su patria chica de Sabaneta, en el Estado Barinas, que su llegada al mundo el 28 de julio de 1954 estaría destinada a retomar las ideas del Libertador y a devolverle la espada que la muerte le arrebatara pobre, enfermo y abandonado en Santa Marta aquel nefasto 17 de diciembre de 1830.
Tan temprano como el 15 de febrero de 1819, en un trascendente Congreso como el de Angostura, Bolívar había advertido: “Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”. Desde su ascenso al poder, en 1999, el gobierno bolivariano de Hugo Chávez se propuso destruir a ese peligroso enemigo erradicando, primero, el analfabetismo, y después creando las Misiones Robinson, Ribas y Sucre, todo ello aparejado con la fundación de cientos de escuelas, universidades y centros de técnicos medio, para poner en manos de la mayoría el importante poder del conocimiento. Porque también El Libertador había sentenciado: ““El primer deber del gobierno es dar educación al pueblo (…) Un hombre sin estudio es un ser incompleto”.
Bolivariano hasta su último aliento, Chávez portó siempre en una mano la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y en la otra, los postulados de su guía y Maestro. Este había dicho: “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política…”
Bolívar no quiso repetir en la Venezuela de su tiempo los errores del Imperio Romano y aconsejaba: “Todo el cuerpo de la historia enseña que las gangrenas políticas no se curan con paliativos”, y advertía: “La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad, que sin fuerza no hay virtud; y sin virtud perece la república”.
Precisamente por conocer la podredumbre de quienes en Venezuela solían llamarse “políticos”, Hugo Chávez y sus compañeros oficiales decidieron ser consecuentes con la doctrina bolivariana y cambiar el curso de la historia. No por casualidad el Comandante Presidente comenzó a fustigar la corrupción desde antes de ser candidato. Su fidelidad a los principios bolivarianos fue una realidad inocultable, porque “La impunidad de los delitos hace que se cometan con más frecuencia: al fin llega el caso en que el castigo no basta para reprimirlos”.
Sin embargo, la muerte ha venido a truncar la obra de este hombre que amó como pocos la vida. Es difícil asimilar esta realidad, la de uno de los imprescindibles de Nuestra América, esa que discurre del río Bravo hasta la Patagonia. Es difícil asimilarlo porque, como dijera Martí en su momento, Bolívar tiene aún mucho que hacer en esta América nuestra, y desde 1992, Hugo Chávez estaba poniendo su corazón y su cerebro en terminar la obra emprendida por El Libertador hace dos siglos.
A partir de ahora, habrá un antes y un después de la impronta de Chávez en Venezuela y la América Latina y el Caribe. Pero a partir de ahora también habrá un antes y un después del protagonismo de este Hombre-Hombre a nivel continental, como su victoria para derrotar el ALCA en Mar del Plata 2005 y sustituirla por la ALBA; y en medio de la marea neoliberal donde flotaban numerosas naciones latinoamericanas, fue él quien devolvió al debate público la actualidad del socialismo como una alternativa real, un socialismo del siglo XXI, frente a la descomposición del capitalismo.
Un ser excepcional ha emprendido su viaje a la inmortalidad. Pero nos deja un legado de amor, lucha, unidad, postulados que en diciembre pasado casi devinieran última voluntad. Con ellos, venezolanos, cubanos y latinoamericanos continuaremos transitando por el honroso camino de la segunda y definitiva independencia.
Evoquemos, pues, a nuestro Nicolás Guillén y el final de su imperecedero “Che Comandante, amigo”, con una oportuna licencia literaria:
“¡Salud Comandante Presidente!
O mejor todavía desde el hondón americano:
Espéranos. Partiremos contigo. Queremos
morir para vivir como tú has muerto,
para vivir como tú vives,
Comandante Presidente, Chávez amigo.”








