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Semanario Económico y Financiero de Cuba

¿Quién rescata a la mayoría de la población española?

En España el estallido de la "burbuja financiera" dejó a 400 000 familias desahuciadas y millones sin ahorros de bonos convertibles, fondos de inversión, participantes preferentes, planes de pensiones y acciones devaluadas. Es una nación cada vez más afligida económicamente

Para el español común la carnada fue apetitosa: el negocio inmobiliario avanzó sobre rieles llenando, naturalmente, los bolsillos de avispados inversores, hasta el instante en que la banca europea en general y la ibérica en particular, colapsó a consecuencia de las subprime estadounidenses (hipotecas basura), que dejaron de inyectar dinero fresco y, cual efecto dominó, derrumbó primero la compraventa de inmuebles, seguida de la paralización de las construcciones y el fomento de un nuevo ejército de desempleados.

Lo anterior se conoció en todo el mundo como "burbuja inmobiliaria", y desde 2008 viene engrosando la ya millonaria cifra de viviendas abandonadas o a medio fabricar que, a ciencia cierta, no respondían a una necesidad real sino especulativa; y en el caso de los bancos que las financiaron, originando una brecha en sus balances imposible de cegar. Pero la "brecha española" fue colosal, pues ante una deuda del sector público de 700 000 millones de euros, la de su banca trepó hasta la astronómica cifra de ¡1,35 billones!, disparándose hasta los 2,6 billones una vez sumadas la de las constructoras e inmobiliarias financiadas por ella.

Aunque contra el humano vicio de "pedir" pervive la política bancaria de "prestar" solo en último extremo, por aquellos tiempos esta última abrió de forma amistosa sus arcas y la gran mayoría sucumbió a los cantos de sirena de una aparenta prosperidad.

Craso error: esa gran mayoría ignoró que quien infló engañosamente el valor de la vivienda mediante dinero abundante, fácil y barato hasta generar la burbuja inmobiliaria, fue esa misma banca privada a merced de una estrategia consistente en conceder hipotecas por 100 % del importe del piso e incluso más (lo correcto era no sobrepasar 60 % o 70 % de su precio); reducir al máximo los tipos de interés para tornarlos más atractivos, y extender a 25, 30 o más el lapso de amortización -lo acostumbrado eran 15 o 20 años-, con el propósito de establecer cuotas bajas y asequibles como para que el más prevenido se sintiera tentado a solicitar un préstamo. Una carnada tentadora, a qué dudar.

Desenmascarando al lobo

Muchos que han dejado de ser ovejas se cuestionan: ¿Cuál estamento moral avala que se debe salvar con fondos públicos a bancos privados insolventes, en lugar de dejarlos al garete? Y más grave aún: ¿Por qué la banca, considerada pilar básico de la economía, se arroga el derecho de hipotecar prácticamente a toda la sociedad, y por qué el Gobierno no la nacionaliza y de ese modo, corta de un tajo sus mafiosos métodos, como por ejemplo  manipular los tipos de referencia de los préstamos para cobrar más intereses de los debidos?

Como casi siempre sucede, la mayoría de la población española cayó en la casilla del "Debe", dejando abierta la del "Haber" para que el denominado "banco malo", la entidad pública destinada a comprar a la banca privada sus activos tóxicos -eso sí, a precios exagerados y no de mercado-, vuelva a clasificar en la hoy difuminada categoría de "respetables".

Días atrás una publicación de la madre patria trataba de justificar lo injustificable: "Las pérdidas han caído todas del mismo lado. Por lo visto, quienes calcularon mal los riesgos y estiraron más el brazo que la manga, no fueron los profesionales de la hipoteca, sino los clientes que, cuando se quedaron sin trabajo, acabaron embargados por su mala cabeza y falta de previsión… y es que se necesita ser muy insensato, suicida u obtuso, para ir al banco sin llevar un broker al lado y no estudiar la letra pequeña de los contratos como si fueran unas oposiciones…"

Resulta ser que los embaucados tienen ahora la culpa de haber perdido sus ahorros en forma de participaciones preferentes, bonos convertibles, fondos de inversión, planes de pensiones y acciones devaluadas, verbigracia confiar en una banca privada solvente y honorable. O sea, que los culpables de la crisis fueron los ciudadanos y no los bancos…Sin embargo, la verdad verdadera es que los altos directivos financieros se embolsaron indemnizaciones millonarias como premio a su incompetencia y criminales artimañas.

¿Quién regula a quién?

No hay que ser muy avispado para entender que hoy en España, la administración derechista de Mariano Rajoy no regula a la banca, sino esta es la que regula al gobierno y le dicta sus medidas austeras a nombre de los mercados. 

Pero las ovejas han dejado de creer en el manido eslogan "salven a la banca si no quieren perder sus ahorros". Baste ver los carteles que exigen su nacionalización, tomando en cuenta que no solo asegura los depósitos (el Estado deviene su valedor), sino que el monto de la crisis articulada por la banca lo asuman sus accionistas y acreedores, a fin de cuentas los principales culpables de que casi cinco millones de españoles estén hoy desempleados, la mayoría menores de 25 años. Ellos fueron quienes la crearon, alimentaron y se beneficiaron de ella. Es justo, pues, que paguen.

Antes de concluir y a modo de recordatorio, la vida ha demostrado que la privatización no simboliza garantía de eficiencia, sino más bien de ilimitado apetito de ganancias a cualquier precio. Ahí está el caso de Islandia, cuya banca pública discurría apaciblemente hasta que en 2003, el gobierno decidió privatizarla. Cinco años más tarde, cayó en bancarrota y dio origen a una deuda que multiplicó por seis su Producto Interno Bruto.

También allí las autoridades trataron de rescatar a la banca utilizando fondos públicos, pero cuando "las ovejas" se sublevaron, no hubo otra opción que volver a nacionalizarla.

Llovieron las amenazas externas y los augurios más funestos, pero a los postres ni su economía empeoró, ni el país se hundió en las gélidas aguas que le rodean. Eso sí, la banca privada se fue a pique.

Este ejercicio democrático y racional ejercido por un gobierno que dejó de ser lobo, debería servir de ejemplo no solo a una España cada vez más afligida económicamente, sino también a una zona euro que no deja de ser noticia todos los días, aunque casi nunca halagüeñas.