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Semanario Económico y Financiero de Cuba

Charley y Iván: otras dos pruebas que nos puso la naturaleza

Dos grandes ciclones afectaron a nuestro país en el 2004

Aunque desde temprano se pronosticó que este sería un año de gran actividad ciclónica, la primera alarma fuerte sorprendió un poco a todos. Hacía mucho tiempo que no nos tocaba un huracán en pleno agosto, y Charley decidió presentarse justo antes de la mitad de ese mes.

Este ciclón cruzó por la Isla con vientos sostenidos de unos 190 kilómetros por hora y rachas de hasta 250 que azotaron las tres provincias más occidentales y el municipio especial de la Isla de la Juventud. Se reportaron daños considerables a entidades económicas, sociales y a viviendas, pero no hubo que lamentar la pérdida de una sola vida.

Una vez más, el éxito del enfrentamiento y la recuperación estuvo en la organización, el temple y la experiencia de nuestro pueblo para prepararse frente a desafíos de este tipo. Volvió a probarse la efectividad de las medidas nacionales para casos de huracanes tropicales, que como siempre se iniciaron con la protección de los valores humanos y materiales más amenazados (entre el occidente y el centro del país fueron evacuadas 149 000 personas), y concluyeron con la incorporación de todos, población y organismos de la Administración Central del Estado, a las labores de la recuperación.

Charley se ensañó sobre todo con las instalaciones eléctricas. Destruyó nueve torres de alto voltaje de 120 Kv de la línea que alimenta a la termoeléctrica del Mariel, en La Habana, interrumpiendo la conexión de esta provincia y de la Ciudad de La Habana con esa termoeléctrica. Además, se deterioraron dos líneas de 110 000 voltios que salen de esa planta y llegan a Pinar del Río; y en una tercera línea de 220 Kv que une a la termoeléctrica con esa provincia los vientos derribaron 18 estructuras metálicas de alto voltaje. Como consecuencia de esto la provincia de Pinar del Río quedó totalmente aislada del Sistema Electroenergético Nacional, y La Habana y Ciudad de La Habana también sufrieron afectaciones severas en gran cantidad de redes menores. Más de 800 linieros y trabajadores eléctricos de todo el país participaron en las reparaciones que, por su magnitud, tomaron más de 15 días.

El huracán también significó un duro golpe para la agricultura del occidente cubano en todas sus ramas. Se destruyeron 400 naves avícolas e igual cantidad de caballerías de plátano, se dañaron 66 000 toneladas de cítricos, así como muchas instalaciones de la infraestructura pecuaria y tabacalera. La estrategia de restauración del sector estuvo basada en la cosecha y aprovechamiento de todo lo que se pudiera, más la reparación inmediata de los espacios de infraestructura que resultaban imprescindibles para el tabaco y la preparación de la campaña de frío.

Contabilizado siempre entre los más damnificados, el servicio telefónico no sufrió tanto en esta contingencia. En la capital se cayeron 16 628 servicios, lo que representa un 5 % de todo lo disponible. Los golpes mayores se concentraron en las redes exteriores (postes y cables) sin añadir interrupciones en las centrales telefónicas, ni en los enlaces de estas. ETECSA se recuperó relativamente rápido de ellos.

LUEGO VINO IVAN

Tras haber causado estragos en varias naciones del Caribe, el huracán Iván estuvo amenazando a la Isla de Oriente a Occidente y mantuvo en pie de alerta a todas las provincias con su devastadora categoría cinco. Aún desde su trayectoria por los mares del sur envió mensajes de increíbles oleajes que llevaron la precaución hasta sus expresiones más extremas en todo el país. Por suerte, cuando se decidió a subir, pasó por la parte más occidental de la provincia de Pinar del Río. “El mejor, entre todos los males posibles”, abundaron muchos entonces, refiriéndose sin dudas a su condición de territorio poco poblado.

Lo acompañaban precipitaciones muy fuertes y vientos que sobrepasaron los 350 kilómetros por hora. Según lo publicado, la furia de este huracán no tuvo precedentes en la historia de Guanahacabibes de los últimos 50 años, porque “lanzó sobre las tierras de la península todo lo que suponía le sobraba al océano, transformando de manera brusca la geografía del lugar”. Aunque se evacuaron pueblos enteros de la región y se protegieron los objetivos económicos al máximo, muchas afectaciones resultaron inevitables. Entre los más dañados estuvieron los recursos forestales de Guanahacabibes y el sector tabacalero, con 225 casas de curar destruidas y 1 755 que quedaron sin cubierta. Se lograron preservar los semilleros y se habían puesto a resguardo 500 000 quintales de la hoja cosechada, por lo que la producción de este importante rubro no se detuvo.

En el cítrico fueron derribadas 13 900 toneladas de naranjas, toronjas y limones, que pasaron rápidamente a la fase de cosecha. En cultivos varios se destruyeron 200 caballerías de plátano, así como áreas destinadas a otras siembras, llegando a totalizar 780 caballerías. En los cafetales se calcularon 39 132 latas de granos caídos, de las que se recuperó más de un 40 %.

Como es costumbre, en el resarcimiento de estas heridas materiales y la ayuda con los atrasos productivos consecuentes se sumó todo el país, aunque la principal misión tocó a los propios pinareños, excelentemente entrenados tras un largo historial de azotes de ciclones en los últimos tiempos.