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¿Se logrará un nuevo acuerdo internacional sobre el medio ambiente?
9
de Octubre del 2009
Dra. Hilda Puerta Rodríguez
Acerca de la responsabilidad fundamental de la acción del hombre en el desastre ecológico actual
Tratando de enfrentar el empeoramiento de la situación medioambiental del planeta, se firmó en el año 1997 el “Protocolo de Kyoto”, el cual establecía el compromiso asumido por los 37 principales países desarrollados para reducir las emisiones de gases contaminantes -sobre todo dióxido de carbono, gas metano y dióxido de nitrógeno- en un 5,2 % para el año 2012, respecto a los niveles de 1990. Se trataba así de controlar los principales elementos, cuya presencia en exceso en la atmósfera incrementa peligrosa y aceleradamente las temperaturas promedio del globo terráqueo.
De esta forma, las bases del protocolo constituyen de hecho un reconocimiento acerca de la responsabilidad fundamental de la acción del hombre en el desastre ecológico actual, y muy en especial en el caso de los países más avanzados, donde el propio carácter de la sociedad de consumo ha conllevado un derroche indiscriminado de los recursos disponibles.
Al respecto sobresale el uso desmedido de los combustibles fósiles, la tala descontrolada de los bosques, la sobre utilización de los suelos y la caza desmedida de especies animales, entre otras muchas prácticas inapropiadas.
Como resultado de toda esta insensatez, la contaminación en su sentido amplio, el estrechamiento de la capa de ozono y el cambio climático en sus más diversas y peligrosas manifestaciones, han estado cada vez más presentes en el mundo de hoy.
A pesar de estas realidades, Estados Unidos -aduciendo la corresponsabilidad de otras naciones no consideradas en las obligaciones que se establecían- nunca ratificó el documento, lo que explica la inoperancia del mismo, tanto por el papel del país a nivel mundial, como por su condición de nación más contaminadora a nivel mundial.
Desde entonces se aprecia cada vez más un agravamiento de los serios problemas existentes, incluyendo el derretimiento polar con todas sus implicaciones de incremento de los niveles del mar y la ocurrencia de desastres naturales especialmente peligrosos, como por ejemplo, los huracanes que han afectado al Caribe y Centroamérica en los últimos años.
Debido a ello, a la expiración del Protocolo en el año 2012 y al pobre impacto de las exiguas medidas que habían logrado instrumentarse, se convocó en abril último a la XV Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático a celebrarse en Copenhague, Dinamarca, entre los días 7 y 18 de diciembre.
Aquí se pretende lograr, dadas las peligrosas circunstancias imperantes, un acuerdo más amplio, abarcador y ambicioso en comparación con el anterior, lo que ha generado no pocas expectativas, a pesar de los numerosos obstáculos existentes.
Un importante paso de avance ha sido, sin dudas, el consenso logrado por parte de las naciones desarrolladas de impedir que las temperaturas en el planeta aumenten por encima de los 2° C, como resultado del efecto invernadero para el año 2020. Sin embargo, el gran problema radica en concretar las acciones que deben ser instrumentadas para lograrlo.
Las diferencias de puntos de vista de evidencian claramente en el documento ya elaborado como base para las discusiones, caracterizado por ser excesivamente amplio y por la cantidad de enmiendas que contiene, lo que pone claramente de manifiesto los desacuerdos existentes entre las partes, los que se concentran sobre todo entre las naciones más avanzadas y los llamados países emergentes.
En este análisis hay que considerar además cómo una vez más se pone de manifiesto la extrema vulnerabilidad de los más pobres -con escasos recursos y menor responsabilidad respecto a la situación existente- que sufren de manera muy especial los cada vez más devastadores desastres naturales, provocando un incremento notable de las migraciones, quizá en el mejor de los escenarios, pero sobre todo un mayor nivel de exposición al hambre y la pobreza extrema.
A ello se une la acción depredadora de las Empresas Transnacionales, que además utilizan a los pobres como destino de sus deshechos - incluyendo los radiactivos en muchos casos- y el carácter tan sumamente cortoplacista del Neoliberalismo, que en ningún caso propugna por acciones protectoras del medio ambiente, sino más bien, todo lo contrario.
Es así que se explican las razones por las cuales se propone que las naciones avanzadas sean las que asuman los mayores compromisos en términos de reducción del nivel de emisiones de gases contaminantes a la atmósfera, que según una especie de consenso existente entre los restantes países, debe situarse como promedio en 40% para el año 2020 en comparación con los niveles de 1990.
A ello se une el reclamo de que todas las naciones trabajen en pro del mejoramiento medioambiental, para lo cual imprescindiblemente los países más pobres requieren de recursos financieros que deben ser canalizados por los que cuentan con mayores disponibilidades y que son al mismo tiempo los principales responsables de la grave situación creada.
En este sentido tampoco puede olvidarse que el uso de “energías limpias” y todos los cambios que ello conlleva constituyen a su vez un importante negocio del cual solo se benefician aquellas empresas más avanzadas, de nuevo, en su mayoría procedentes del mundo desarrollado.
En general, el balance de las negociaciones que se han llevado a cabo hasta el momento no resulta alentador, pues solo la oferta de la Unión Europea (UE) se ha acercado a los requerimientos de las naciones subdesarrolladas, con un compromiso de reducción de hasta 30% , y esto, según procedan sus principales socios, básicamente Estados Unidos y Japón, quien ha señalado la posibilidad de llegar a disminuciones del orden de 25%.
No obstante, el caso de Estados Unidos es más complejo, en tanto se está produciendo una suerte de contradicción entre el discurso ambientalista del Presidente y las posibilidades reales de que se logre acuerdo por parte del Senado en estos temas, cuando este órgano se encuentra inmerso en complejas discusiones sobre algo tan sensible como el cuestionado sistema de salud del país, llegándose a manejar hasta el momento cifras tan bajas como 17% de reducción de emisiones.
Tampoco ha sido amplio el tratamiento del tema de los recursos financieros que deben ponerse a disposición de los más pobres, volviendo a sobresalir la UE, quien ha “esbozado” algunas ideas más concretas sobre el asunto, estableciendo cantidades destinadas a este propósito del orden de hasta 15,000 millones de euros anuales, aproximadamente unos 22,000 millones de dólares.
Un gran argumento que se está utilizando en este sentido es el relacionado con la situación de crisis que prima en la economía internacional, que según los principales donantes “limita” las posibilidades de otorgamiento de recursos, lo que a su vez se combina con las tendencias decrecientes de los fondos disponibles en sentido general, ya sea a nivel oficial como privado, también motivado al menos en parte por la grave situación que vive el mundo.
Ahora bien, las mayores contradicciones que se están apreciando en el proceso negociador del documento base a ser aprobado en la Cumbre, se concentran en los diferentes enfoques entre la visión prevaleciente en el mundo desarrollado acerca del mayor papel de que deben jugar las naciones emergentes, sobre todo China y la India, y las posturas asumidas hasta el momento por las mismas.
Según los criterios de los países más avanzados -entre ellos, EE. UU- las pujantes economías que están surgiendo en la economía internacional, deben establecer compromisos concretos de reducción de emisiones, mientras que éstas hacen referencia a los esfuerzos que desarrollan en general dentro de sus programas nacionales de ahorro y a la necesidad de que se cumpla el principio de “responsabilidades comunes, pero diferenciadas” , como realmente distinta son sus respectivas situaciones y nivel de responsabilidad con el problema en comparación con el mundo más desarrollado.
Es así que tratando de continuar con sus esfuerzos de crecimiento -que de hecho contribuye sustantivamente al avance mundial, en épocas tan difíciles como las actuales caracterizadas por la crisis- y de lucha contra la pobreza secular que padece la mayoría de sus respectivas poblaciones, aún no han establecido sus compromisos específicos.
No cabe dudas de que en cualquier comparación al respecto, la situación de los emergentes en términos de posibilidades de instrumentar acciones medioambientales efectivas -caracterizadas por sus elevados costos- se evidencia como mucho más difícil, lo que explica las posturas asumidas, que sin embargo, pueden variar en cualquier momento, cuando se pronuncien al respecto.
El nuevo documento a ser aprobado debe basarse en una total concientización por parte de todos acerca de la gravedad de la situación, incluyendo la instrumentación de cambios tecnológicos compatibles con el medio ambiente, los cuales imprescindiblemente deben contar en el caso de las economías más pobres con un adecuado financiamiento por parte de la Comunidad Internacional.
Hay que considerar también de manera muy especial la imprescindible instrumentación de medidas educativas sobre estos temas dirigidas a la población mundial, en tanto se trata de agentes activos de todo el cambio que es necesario implementar, incluyendo los diferentes modos de actuación.
Es más que importante que todas estas acciones se lleven a cabo de manera conjunta y oportuna, que las diferentes empresas y países, según sus posibilidades, participen eficazmente en esta lucha por enfrentar el grave problema del medioambiente. El momento no es para egoísmos, sobre todo por parte de los principales responsables, que cuentan además con los recursos necesarios para enfrentar el cambio.
Teniendo en cuenta el poco tiempo que resta para la cita de Copenhague y el estancamiento en que de hecho se encuentran las negociaciones, parece difícil que se logren los acuerdos necesarios para adoptar las medidas requeridas, sobre todo si se consideran los diferentes intereses de diverso tipo que están en juego.
El logro de un adecuado “Protocolo de Copenhague” dependerá sobre todo de que los gobernantes del mundo dejen a un lado las contradicciones existentes, considerando básicamente la extrema gravedad de la situación y el objetivo esencial de preservar la vida en el planeta para las actuales y futuras generaciones.
(La autora es profesora Investigadora del Centro de Investigaciones de Economía Internacional, Universidad de La Habana).
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