Opciones

Semanario Económico y Financiero de Cuba

París bien vale un pacto climático

El Acuerdo Universal sobre el Cambio Climático que se pretende cerrar en París tiene como objetivo principal limitar en menos de 2º C el aumento de la temperatura global

La 21ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), o COP21, que se celebrará del 30 de noviembre al 11 de diciembre próximos en Paris-Le Bourget, congregará aproximadamente 40 000 participantes que representarán a cada país, observadores y miembros de la sociedad civil.

Será, sin dudas, el mayor evento diplomático que haya acogido Francia, además de ser una de las mayores conferencias climáticas que jamás se haya organizado.

Para la magna cita, la nación gala está obligada a honrar dos obligaciones: como país anfitrión, deberá recibir a los participantes con las mejores condiciones de trabajo, transporte y alojamiento; y al presidir la conferencia, facilitar el debate entre los países y asegurar un funcionamiento transparente, e incluyente, del proceso de negociación.

Lo que está en juego es el destino futuro del planeta y, por tanto, se trata de lograr al cabo de 20 citas, devenidas "promesas y más promesas", un acuerdo universal y vinculante que permita luchar con la seriedad requerida contra el cambio climático e impulsar o acelerar la transición hacia sociedades y economías resilientes (*) y bajas en carbono.

Con tal propósito, el futuro acuerdo deberá acordar, de modo equilibrado, la mitigación de las emisiones de gases de efecto invernadero para limitar el calentamiento global a 2° C, y la adaptación de las sociedades a los cambios climáticos ya existentes. Estos esfuerzos están obligados a tomar en cuenta las necesidades y las capacidades de cada país y, en especial, que el acuerdo a entrar en vigor a partir de 2020 sea duradero y no la letra muerta que ha caracterizado a los anteriores.

En general, la Conferencia de París debe enviar a los actores económicos y financieros las indicaciones necesarias para que reorienten sus inversiones, de modo que comience la transición hacia economías bajas en carbono. Otro objetivo esencial apunta a la captación de 100 000 millones de dólares anuales (tanto de fuentes públicas como privadas), por parte de los países desarrollados a partir de 2020. Este compromiso, formulado en Copenhague, permitiría a los países en desarrollo poder luchar contra el cambio climático, al tiempo de favorecer un progreso adecuado y sostenible.

Está previsto que parte de este capital transite por el Fondo Verde para el Clima (FVC), cuya primera capitalización ya suma 10 200 millones de dólares, cantidad a la que Estados Unidos ha aportado 3 000 millones, seguido por China con 2 000 millones, Gran Bretaña 1 100 millones y Francia 1 000 millones, fundamentalmente. El 50 % de los recursos del FVC serán dispuestos para adaptación, y el resto para atenuar paulatinamente los efectos del cambio climático en los países subdesarrollados.

En la actualidad se están desarrollando numerosas iniciativas por parte de múltiples gestores no gubernamentales, o sea, regiones, empresas, asociaciones y otros, en lo que ya se conoce como la Agenda de las Soluciones. Desde la Cumbre de Nueva York de septiembre de 2014, cobra importancia una dinámica positiva de aplicación de acciones concretas, intercambios de buenas prácticas y transferencia de conocimientos. Este conjunto de soluciones complementará los compromisos de los Estados, lanzará un mensaje de oportunidades económicas y sociales y contribuirá así a reforzar la ambición de cada uno.

Se precisa un cambio enérgico

De acuerdo con Jorge Álvarez Lam, oficial del Programa de Energía y Medio Ambiente de las Naciones Unidas en Perú, los 100 000 millones de dólares que espera alcanzar anualmente el FVC hasta 2020 podrían no ser suficientes, pues según "lo han dado a conocer diversos científicos, lo que se necesita desde ahora para combatir el cambio climático son 10 millones de millones de dólares…" Saque usted sus propias conclusiones.

Para millones de personas que volcaron sus esperanzas en las cumbres anteriores está claro que no hay un planeta B; por consiguiente, es hora de alcanzar consenso en aras de detener los efectos del cambio climático, pero haciendo del mundo un lugar más justo socialmente y no más injusto como hasta ahora.

Las emisiones de gases de efecto invernadero de origen antrópico (contaminantes introducidos en la atmósfera debido a las actividades humanas provenientes, sobre todo, de vehículos, procesos industriales, calefacción, y otros.) son la principal causa de este fenómeno recrudecido a partir del siglo XX. Devastadores resultan sus efectos en el calentamiento global, y cada vez se hace más urgente reducirlas en aras de poner coto a la presión que el hombre ejerce sobre el planeta. La situación es tan crítica, que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha tasado en un aumento de 130 % las emisiones para 2050, algo sencillamente catastrófico.

Por fortuna, los países mayores contaminantes parecen sensibilizados en reducir sus emisiones de dióxido de carbono (CO²). Por ejemplo, en China la situación del aire en sus ciudades es preocupante y ya se adoptan medidas extremas. El vertiginoso auge de su economía no ejerció a tiempo el debido control sobre sus emisiones, y en pocos años casi supera a Estados Unidos en toneladas de CO² lanzadas a la atmósfera.

Ser una gran potencia tiene también su rostro negativo, como es el caso de Estados Unidos, que junto al gigante asiático lidera la negativa casilla de emisiones de CO², agravado con la contaminación de gran parte de sus aguas. En París se espera que la mayor economía del mundo, con más de 600 centrales eléctricas en explotación, anuncie contundentes medidas para recortar estas emisiones de carbono.

Otro caso significativo de nación desarrollada es Japón, donde el accidente nuclear de Fukushima, devino solo la punta del iceberg en un territorio donde el aumento de la polución se torna irrefrenable. Baste saber que el gobierno fijó una reducción de las emisiones en 3,8 % para 2020; sin embargo, en febrero de 2014, las autoridades tuvieron que recomendar a la población el uso de mascarillas y limitar su deambular en las calles.

A estos países se unen la India, el segundo más poblado del mundo después China, así como Brasil, Indonesia, Rusia, Alemania, Australia y Canadá, fundamentalmente. Recordemos que la mayoría de las emisiones que llegan a la atmósfera, provienen del carbón, con 43 %, seguido del petróleo, con 33 %. Es impostergable que los países deben encaminar rápidamente su desarrollo hacia energías limpias y renovables, para frenar las emisiones e impedir el drástico pronóstico de 2050.

Las cumbres de Varsovia y Perú fueron incapaces de llenar el agujero negro de las negociaciones climáticas, y menos aún de alcanzar el imprescindible consenso que proscribiera una subida de 1,5 o 2 grados respecto a los niveles preindustriales.

Entonces, luego de leer el rosario de promesas que la COP 20 de Perú remitió a su similar de la Ciudad Luz, no puedo menos que traer a colación lo enunciado por el líder de la Revolución cubana Fidel Castro en Río de Janeiro, Brasil, en 1992: "Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre."

(*): En ecología de comunidades y ecosistemas, resiliencia  es el término empleado para indicar la capacidad de estos de absorber perturbaciones, sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad; pudiendo regresar a su estado original.