Homo sapiens, la especie desquiciada
Desde tiempos inmemoriales, y lamentablemente hasta hoy, guerras locales y mundiales han dejado un rosario de muerte y destrucción incalculable. Sin embargo, vencida la primera década del siglo XXI, aún el ser humano no acaba de concienciar que una amenaza más terrible lo acecha, capaz de aniquilar todas las especies animales y vegetales que viven sobre la superficie terrestre: el calentamiento global
Hay que decirlo sin cortapisas: el calentamiento global, más allá del requerido por el planeta para preservar la temperatura promedio que posibilita nuestra forma de vida, pudiera desencadenar la peor tragedia de todos los tiempos, suerte de conflicto bélico 1 000 veces más letal que todas las guerras juntas.
De acuerdo con los analistas, solo dos causas pueden destruir hoy la vida animal y vegetal de este sufrido globo terráqueo: un conflicto nuclear, y no a nivel del mundo sino local, en el cual estallen uno o dos centenares de artefactos atómicos con el consiguiente desencadenamiento del llamado "invierno nuclear"; o el calentamiento global y su asociado "efecto invernadero", fenómeno que parece inevitable si se mantienen las mismas estructuras económicas y la propia mentalidad de consumo y derroche de las naciones desarrolladas, con Estados Unidos a la vanguardia, pero que bien pudiera convertirse en el Talón de Aquiles de estas sociedades, que siguen haciendo oídos sordos a los reclamos de las Cumbres del medioambiente.
Preludio de una tragedia
Hace aproximadamente 3 900 4 000 millones de años aparecieron las formas más primitivas de vida animal; en su lento desarrollo, permanecieron en el mar alrededor de 3 300 millones de años antes de que la masiva conversión del bióxido de carbono en oxígeno, junto con la formación de los gases de invernadero y la capa de ozono, propiciaran el debut de la vida animal sobre la faz terrestre.
Mil millones de años atrás, la atmósfera terrestre estaba compuesta, fundamentalmente, de CO2, formado por moléculas con dos átomos de oxígeno y uno de carbono. Fabulosos volúmenes de este gas fueron absorbidos lentamente, en un proceso que duró cientos de millones de años, por las plantas fotosintéticas de entonces, en un entorno donde grandes mares y pantanos cu-brían casi todo el globo. Al morir esta flora original, el bióxido de carbono acumulado en ella sufrió ciertas alteraciones químicas y se fue transformado en carbón, petróleo y gas natural (los llamados combustibles fósiles), que al ser quemados le devuelven a la atmósfera el dióxido de carbono predominante cuando no era posible la vida animal sobre su superficie.
Solo cuando las plantas terminaron de consumir casi todo aquel dióxido de carbono y lo convirtieron en oxígeno, fenómeno ocurrido unos 600 millones de años atrás, fue posible la vida en nuestro planeta. El problema estriba en que más de 90 % de la energía "despilfarrada" en la actualidad proviene de los combustibles fósiles.
Así, los gases de efecto invernadero solo representan 1 % de todos los que forman nuestra atmósfera. Es esa mínima proporción la que engendra el clima, no el otro 99 %, formado por 78 % de nitrógeno y 21 % de oxígeno, aunque la proporción de oxígeno en la corteza terrestre, que es donde se genera la vida animal y vegetal, es de un poco más del doble, o sea 46 %. Ahora bien, la energía solar que llega a la Tierra es, como promedio, de 343 vatios -unidades de calor- por metro cuadrado. Unos 168 vatios por metro cuadrado son consumidos por el planeta y otros 103 retornan al espacio exterior. Por tanto, los gases de invernadero que se hallan en la atmósfera atrapan unos 72 vatios por metro cuadrado, a su vez relanzados a la superficie del planeta. Esto, naturalmente, acrecienta el calor y cada año será peor, porque ya no serán 72 vatios por metro cuadrado, sino una cifra mucho más elevada.
Réquiem por la especie humana
Un informe de Naciones Unidas revela que para mediados de siglo solo quedará 5 % de los bosques tropicales y, 40 años después, habrán desaparecido 66 % de los mamíferos, las aves y las plantas del mundo. Dicho de otro modo: las especies se extinguen a un ritmo 5 000 veces más veloz que el normal.
Veamos otra consecuencia del cambio climático: en el norte de la Florida, que no es una zona tan húmeda como el sur del Estado, pero mucho menos seca que California, se han producido grandes incendios forestales debido al calor. A consecuencia de estos, el humo lanza a la atmósfera cantidades enormes de dióxido de carbono, contribuyendo a un mayor aumento de la temperatura.
Por estos días no solo Estados Unidos, sino la península ibérica y las Islas Canarias devienen escenarios de incendios forestales, algunos de ellos incluso provocados por este actual Homo sapiens cada vez más desquiciado que no repara en que con tal conducta, pone en peligro el primer elemento de la madre naturaleza, que no es el agua, sino el oxígeno. Los seres humanos podemos prescindir de aquella algunos días, pero no menos de tres minutos sin respirar oxígeno. Por otra parte, el calor excesivo irá destruyendo la agricultura, matando la ganadería y aumentando los desiertos.
Asimismo, al derretirse los polos y los glaciales por el aumento del calor, subirá el nivel del mar y de las aguas en general, anegando islas, costas y ciudades. Las primeras víctimas serán los países tropicales, de los que solo las alturas se salvarán... de las inundaciones, no de algo que lo sucederá, el fin de la agricultura y la ganadería, el hambre total.
Sin llegar a tales extremos, hoy casi 2 000 millones de seres humanos carecen de agua potable, ya que 97,5 % es salada. Casi tres millones de personas mueren todos los años al beber agua contaminada principalmente en los países pobres, víctimas del dengue, la malaria, los parásitos intestinales y demás, o sea… un deceso cada 12 segundos.
A medida que se calienta la superficie del mar aumentan las probabilidades de formarse muchos más huracanes, los que nacen en el Atlántico tropical cercano a África y rolan hacia acá, como los letales Mitch, Katrina, Ike, Gustav y tantos otros que han dejado una estela enorme de destrucción y muerte.
Nos dirigimos a una debacle cada vez menos controlable por el hombre, que sigue sin tener una idea cabal de lo que está sucediendo en este su hogar y, sobre todo, de lo que va a acontecer en apenas unas décadas o quizá un par de siglos, algo así como una milésima de segundo del crono geológico si lo comparamos con los miles de años transcurridos desde que el actual Homo sapiens desquiciado hizo acto de presencia sobre la Tierra.