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Semanario Económico y Financiero de Cuba

Guerra por la hegemonía económica

Con una doble moral en la forma en cómo y a quién aplicar sanciones económicas, Estados Unidos y la Unión Europea cierran cada día más el cerco contra la República Islámica de Irán en su afán de eliminar a uno de los pocos gobiernos que en el Mediano y Cercano Oriente se enfrentan a sus decisiones expansionistas

Con la excusa de que Teherán puede fabricar armas nucleares, Washington continuó expandiendo las sanciones económicas y fiscales contra Irán, primero al imponer unilateralmente la prohibición de que cualquier país compre su petróleo (a lo cual se sumará a partir de julio, como siempre hace la dócil Unión Europea) y después otras medidas generales contra el Banco Central de Irán y las instituciones extranjeras que comercien con ese banco.

Teherán ha informado que cortará los suministros de petróleo a la Unión Europea (UE) antes de que entre en vigor el bloqueo de la compra de crudo impuesto a esos países por las presiones estadounidenses. Ya se ha hecho una práctica que Washington ordene a la UE lo que debe hacer en política internacional.

El Parlamento iraní aprobó por 200 votos a favor y 90 abstenciones, la decisión de los ministerios de Petróleo y Comercio de cortar el suministro de crudo a las compañías y países que se han unido al embargo petrolero de la UE, que entrará en vigor el primero de julio próximo.

Estados Unidos ya bombardeó e invadió desde 2001 a Afganistán, Irak, Libia y amenaza con hacer lo mismo contra Siria e Irán. El control del hidrocarburo es fundamental para la sobrevivencia de la potencia imperial norteamericana, pero también lo es el mantenimiento del comercio mundial del crudo mediante los petrodólares que financian su endeudamiento.

En recientes declaraciones  Henry Kissinger, exsecretario de Estado durante la gobernación de Richard Nixon, quien también fue uno de los gestores principales del golpe de Estado contra el presidente chileno Salvador Allende y propulsor de la operación Cóndor, afirmó:

"Le dijimos a los militares que tendrían que conquistar más de siete países de Oriente Medio por sus recursos y casi han completado su trabajo. Es solo la última piedra del camino, es decir, Irán, la que realmente inclinará la balanza. ¿Cuánto tiempo pueden China y Rusia esperar y ver a América poniendo orden? El gran oso ruso y la hoz china se han despertado de su letargo, y aquí es cuando Israel tiene que luchar con todas sus fuerzas y armas para matar a tantos árabes como pueda. Esperemos que si todo va bien, la mitad de Oriente Medio será israelí".

No pueden ser más esclarecedoras las intenciones de Estados Unidos, declaradas por Kissinger a periodistas en su apartamento en Manhattan, Nueva York.

O sea, es una guerra para controlar las inmensas reservas de petróleo del Medio y Cercano Oriente que serían custodiadas y administradas por su principal aliado, Israel, el único poseedor de armamento nuclear en esa región, y por último, mantener la hegemonía de los petrodólares para adquirir el crudo.

La historia, aunque lejana, es sencilla. Desde los acuerdos de Bretton Woods, en 1944, Washington logró que el billete verde se estableciera como moneda de reserva en el orbe y su valor estaba garantizado por sus grandes acumulaciones de oro.

En 1973, bajo el mandato de Nixon, Estados Unidos negoció que el rey Faisal, de Arabia Saudita, aceptara el pago en dólares por el petróleo que exportaba y que invirtiera los beneficios en bonos y letras de cambio del Tesoro estadounidense. A la par, Washington protegería a Riad de cualquier hipotética agresión.

Además, la administración de Nixon, separó al dólar de sus reservas de oro y comenzó a imprimir a diestra y siniestra su moneda con la cual inundó al mundo, sin que esta tenga un valor real respaldada con las riquezas del país emisor.

Para 1975, todos los miembros de la OPEP acordaron cobrar su petróleo únicamente en dólares mientras los importadores debieron acumular sus excedentes comerciales en esa moneda.

Con la abrupta demanda, el dólar se fortaleció, mientras los países productores del Golfo ponían sus excedentes del billete verde en obligaciones del Tesoro estadounidense, lo cual posibilitaba un aumento considerable en su gasto público. Washington imprime desde entonces grandes cantidades de moneda sin tener un respaldo en oro.

La bonanza fue grande, y uno de sus resultados es que la actual deuda externa sobrepasa los 16 billones de dólares por lo que, para mantener sus enormes importaciones, necesita la llegada diaria de miles de millones de dólares procedentes de China (mayor acreedor de títulos del Tesoro público de Estados Unidos) las monarquías árabes, Japón y Corea del Sur. 

La depreciación del billete verde en los últimos años; provocada por la crisis del sistema capitalista estadounidense, sus enormes gastos de guerra en Irak y Afganistán; la baja en la productividad y el aumento del desempleo, entre otros males, han motivado que grandes bancos internacionales y diversos países busquen otras monedas para sus transacciones comerciales.

Por ejemplo, Beijing estableció un programa piloto para permitir que las compañías chinas usen el yuan (o renmimbi) para sus compras y ventas externas. El Banco Mundial y el Asiático de Desarrollo han lanzado títulos en esa moneda.

China permite a naciones vecinas realizar negocios con su propia moneda sin necesidad de convertirla en euros o dólares lo cual evita las fluctuaciones en los tipos de cambio.

El gigante asiático y Rusia renunciaron al dólar y usan sus propias divisas para el comercio bilateral. También Beijing firmó multimillonarios convenios con Brasil y Argentina donde la moneda de intercambio es el yuan, mientras que Perú y Chile están interesados en acogerse a esas transacciones. La utilización del renmimbi se ha extendido a Corea del Sur, Malasia, Belarús e Indonesia.

Otras naciones tratan de minimizar el uso del dólar como el caso de las integrantes de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que ya realizan parte de sus transacciones mediante el SUCRE, moneda virtual de convenio comercial.

Resulta sintomático que dos de las naciones bombardeadas (Irak y Libia), y otras dos amenazadas con guerras para derrocar a sus gobiernos (Siria e Irán) hayan impulsado el no empleo del billete verde.  

Desde hace unos años Siria comenzó a cambiar gran parte de sus reservas por euros.

A finales de 2000, varios miembros de la UE convencieron al presidente Saddam Hussein para que Irak, (que ya padecía sanciones de la ONU por imposición de Estados Unidos) vendiera petróleo por alimentos en euros, lo cual se puso en marcha. Rusia, Irán, Indonesia y Venezuela apoyaron la idea. Para muchos especialistas ese fue el punto final para la invasión contra Bagdad en marzo de 2003.

La medida ponía en peligro el predominio del dólar como moneda de reserva mundial.

Lo mismo ocurrió con el presidente libio Muammar el Gaddafi cuando, varios meses antes de su derrocamiento por fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) dirigidas por Estados Unidos, propuso eludir transacciones mercantiles en dólares o euros y emplear el dinar de oro en el comercio internacional y crear un único estado africano con espacio económico común.

El planteamiento fue apoyado por varias naciones africanas  y árabes pero provocó una álgida respuesta por parte de Estados Unidos y la Unión Europa. El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, declaró inmediatamente: "Libia amenaza la estabilidad financiera de la humanidad".

Irán fue más lejos al autorizar la apertura de un mercado de petróleo con operaciones en euros. La República Islámica registró una bolsa de petróleo en la isla de Kish, en el Golfo Pérsico, donde vende crudo en euros y es el quinto mercado de petróleo, después de Nueva York, Londres, Singapur y Tokio.

Ante el embargo petrolero y financiero decretado por Estados Unidos y la UE, los dos principales compradores del crudo iraní, China (un millón de barriles diarios) e India (370 000 barriles diarios) aseguran que lo adquirirán con yuanes, rupias u oro.

Lo cierto es que el juego de la guerra se vuelve cada vez más peligroso. No es la presunta proliferación nuclear de la nación persa, sino que Irán (al igual que Siria) representa un estorbo para las ansias hegemónicas estadounidense e israelí en la región.

Washington quiere garantizar, sobre todas las cosas, la continuidad del sistema de petrodólares que financia su profundo endeudamiento, y que persista el predominio del billete verde como moneda de intercambio comercial. La guerra está a la vuelta de la esquina; si estalla, será un desastre para toda la humanidad.