Desde entonces el antagonismo entre el FSM y el FEM ha ido creciendo entre las protestas de decenas de miles de hombres y mujeres que debaten y construyen una realidad social y económica más justa y racional, y de una minoría que precisa la protección de miles de armas para elaborar las medidas anti pueblos que después recetarán a quienes no cumplan con lo establecido por ellos.
Si se quiere, en ambos foros –suerte de contrapunteo entre los oprimidos y los poderosos- se procesan interrogantes, dudas y controversias. De una parte, pujan quienes aspiran por restablecer el ya fracasado orden capitalista; de la otra, los empecinados en darle fortaleza y visibilidad a “otro” orden económico, social, político y cultural para transformar la realidad. Aquellos quieren rediseñar el capitalismo en este convulso siglo XXI; estos, tomar el cielo por asalto para que no haya más indignados sobre la faz de la tierra.
En un pequeño cantón suizo
Davos, cantón suizo de los Grisones, acogió con los brazos abiertos en 1971 a jefes de Estado, ejecutivos, gerentes, propietarios y “cerebros grises” de las finanzas, para discutir el programa necesario que reinstalara el orden económico y social bajo el paradigma del libre comercio, que había sido soterrado por la bipolaridad de un desarrollo capitalista de “Estado del Bienestar” y el intento de organización socialista en el Este de Europa y otras latitudes del planeta.
Las “pruebas de campo” de aquel programa diseñado en los laboratorios de Langley y de otras agencias de inteligencia pro imperiales se realizaron durante el brutal derrocamiento del presidente legítimo de Chile, Salvador Allende, y en las restantes dictaduras del terrorismo de Estado del Cono Sur americano, para instalarse en el norte desarrollado tras la restauración conservadora con Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1980), en Inglaterra y Estados Unidos, respectivamente.
Lo anterior marcó la mayoría de edad de la política neoliberal que viene siendo discutida en Davos desde hace cuatro décadas, inspiradora de políticas globales aplicadas por gobiernos nacionales y supervisados por organismos supranacionales, todos bajo el interés de los capitales transnacionales, devenidos sujetos históricos de esta etapa del capitalismo. El debate inicial sirvió para construir la realidad de las décadas transcurridas, y el resultado es el funcionamiento de la plutocracia con mayor nivel de inequidad, de desigualdad, con fortunas inaccesibles frente a mil millones de seres humanos depauperados.
Por entonces, el FEM insinuaba la necesidad de los capitales más concentrados, en pleno apogeo de la crisis financiera de esos años bajo los ropajes de crisis monetaria, energética y ecológica; a ello se sumaba una galopante recesión e inflación, con reducción de las ganancias, y relevante poder de los trabajadores. A comienzos de los setentas hacía falta renovar el discurso del status quo económico y contrarrestar la hegemonía del orden “keynesiano” emergente a la salida de la segunda guerra mundial, devenido justificación teórica del notorio lapso 1945-1975.
La cuestión, ahora, es el agotamiento del “modelo” definido en este trayecto de 40 años, y la necesidad de redefinir el presente y el futuro para retomar la “normalidad” de la explotación capitalista.
Al menos eso es lo que encierran las palabras del director ejecutivo y fundador del FEM, Klaus Schwab, algo así como el desafío planteado en su versión de 2012: “No se pueden resolver los problemas con modelos superados”, dijo Schwab convocando a dejar atrás recetas que terminaron por desmantelar el orden implantado a comienzos de los 70´ y pensar con las claves del capitalismo de esta época, que lo imaginan bajo la batuta de la “economía verde”, algo sospechosamente parecido a la privatización de la naturaleza.
Sin embargo, en un sorpresivo auto de fe horas antes de inaugurarse el cónclave, Klaus Schwab proclamó que “ya no estamos ante un problema de acceso a los capitales, en un momento en el que el dinero casi es gratis, sino de falta de talento humano”, y apostilló: “El capitalismo, en su forma actual, ya no encaja en el mundo. No hemos sabido aprender de las lecciones de la crisis del 2009. Urge una transformación global”.
Precisamente el lema de Davos fue “La gran transformación: creando nuevos modelos”. Y me pregunto: ¿Qué modelos? ¿Acaso los de salvar empresas y bancos transnacionales que hacen agua por todo el casco? ¿O tal vez motivar a la locomotora alemana para que acelere las “soluciones” en aras de sostener una moneda única en disputa con el dólar, su rival en la dominación capitalista?
Sin embargo, ni el euro logró emerger en la década de existencia como moneda global hegemónica, y el dólar padece las consecuencias del debilitamiento estructural de la economía estadounidense y las experiencias de autonomía monetaria en el comercio mundial impulsado por China y otros países emergentes. Hoy suman varios los gobiernos que han suscrito acuerdos “swap” con el gigante asiático para intercambiar y garantizarse mutuamente con monedas locales, como lo han hecho Argentina y otros países de la región latinoamericana; de Asia y de África.
Creo que para los participantes del FEM quedó claro un concepto: ya no existe el pensamiento único imperante décadas atrás. Ahora la cuestión es de avanzar por el camino de lo posible o más, en busca del otro mundo viable, echando a un lado al capitalismo en crisis. Y de esto último se están encargando los indignados, umbral de una protesta que se inscribe en la búsqueda de nuevas alternativas, de transformaciones sociales y de fuerzas políticas capaces de asumir con responsabilidad la conquista de ese otro mundo posible.








