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Con el látigo y la zanahoria

El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Dragui, considera que la labor más importante a realizar es garantizar una baja inflación. Ciertamente, la inflación en la Eurozona promedia 1,7 %, pero a un precio extremadamente elevado…


Martes 28 de Mayo de 2013 | 12:00:00 AM 

Autor

Luis Ubeda

Lo que está haciendo el Banco Central Europeo (BCE) bajo la batuta de su máximo ejecutante, Mario Dragui, con las finanzas de la Eurozona recuerda la parábola del “látigo y la zanahoria”: el italiano ha logrado que en el primer trimestre de este año el promedio de la inflación marcó 1,7 %, por debajo incluso de lo permitido en la comunidad de la moneda única.

Esto, naturalmente, es la “zanahoria” con que complacer a la banca europea. Pero el “látigo” ha estado cayendo, y de qué forma, sobre las espaldas de la población comunitaria. ¿Cómo? Mediante las políticas de recortes de gasto público y las reformas laborales orientadas a facilitar el despido y la reducción de los salarios, que desde hace tiempo el BCE está promueve en la Eurozona, consiguiendo con ello bajar la inflación, sí, pero a costa de una dramática recesión iniciada en 2011 y una tasa de desempleo de 12 %, muy semejante a la existente antes de la II Guerra Mundial. 

España es el más cabal exponente de lo anterior y donde el número de parados deviene récord… después de Grecia, a quien no hay que la destrone del primer lugar en tan negativa casilla. Esta situación está sobremanera al bienestar y calidad de vida de sus habitantes, no solo de la desempleada, sino también de la que aún conserva empleo, pues aumenta la inseguridad y el temor entre la población. La gran mayoría de la población tiene miedo a perder su puesto de trabajo, habiéndose creado una cultura de inseguridad y falta de protección social.

Las más recientes manifestaciones populares en contra de estas políticas, así como su clara ineficacia para salir de la crisis, están forzando a que se reconozca cada vez más lo que ahora se llama “la insuficiencia de las políticas de austeridad”. Tanto es así que hasta el señor Draghi ha indicado hace poco la necesidad de desarrollar “políticas de estímulo económico”, reanimando a la demanda doméstica para que pueda incitar la economía.

Pero ¡ojo!, no se llame a engaño. Lo que el titular del BCE define como “estímulo” no es otra cosa que la versión neoliberal de este verbo, verbigracia  profundizar aún más en la desregulación de los mercados de trabajo que, en lenguaje franco, se traduce en engrosar las filas del ejército de desocupados y en la reducción de salarios. ¿Es lógico, cabe preguntar, desarrollar “políticas de estímulo económico” a este precio?

La religión neoliberalista

Para entender al señor Dragui y al BCE hay que partir de un postulado: que creen ciegamente lo que dicen y proponen. Su ideología, el neoliberalismo, es como una religión: se basa en dogmas, al extremo de estar convencidos de que la mejor manera de estimular la economía y crear empleo es facilitando su destrucción, atribuyendo el elevado desempleo a una supuesta dificultad que tiene el mundo empresarial para despedir a los trabajadores, a pesar de que la evidencia científica lo niega y muestra, precisamente, lo contrario.

Varios articulistas europeos coinciden en que las contradicciones e incoherencias pueden dar la impresión de que el BCE y su equipo dirigente son incompetentes (este redactor no lo descarta), pero según ellos el mayor problema del BCE no es su incompetencia.

Tal observación ocupa grandes espacios en la prensa del viejo continente a raíz del debate sobre el comportamiento del BCE, centrándose para unos en la sabiduría de las políticas públicas promovidas, y para otros en la falta de ella. Sin embargo, para todos dicha institución no es un Banco Central, sino un lobby de la banca, y por consiguiente su non plus ultra radica en la exclusiva defensa de los intereses de esta, a costa de los restantes intereses. O lo que es igual: gústele a quien le guste y pésele a quien le pese…

Pero el debate europeo en torno a Dragui y sus orientaciones, obvia el contexto político que condiciona y determina sus políticas. El BCE no compra deuda pública: en cambio, presta dinero a los bancos privados para que la compren a unos intereses exuberantes. Y cual boomerang, durante el camino de vuelta golpea a la población y a la economía en una Eurozona donde el desempleo rebasa cotas desconocidas.

España es un ejemplo de ello. Su estabilidad financiera, económica, política y mediática sigue a pie juntillas las recetas neoliberales que tienen acogotada a la mayoría de la población. Aquí quedó evidenciado como el capital financiero y su desregulación fueron responsables de la crisis financiera, facilitada por el BCE y el Banco de España, que pusieron como objetivo primordial de sus intervenciones defender la viabilidad y sostenibilidad de esa banca culpable de desatar la crisis financiera.

Y no olvidar que el capital financiero alemán, fundamentalmente, alimentó la burbuja inmobiliaria española, la cual, al explotar, incrementó el desempleo. Pero el continuo crecimiento de este desde 2007 ya no puede atribuirse a la destrucción del empleo en el sector inmobiliario y al de la construcción u otros sectores afines, sino a las medidas apoyadas por el BCE y por el Banco de España, en sus imposiciones de destruir empleo mediante las reformas laborales y reducción del gasto y empleo público.

O sea, que ante tales realidades, la política del “látigo y la zanahoria” es la menos indicada para “satisfacer” las necesidades de los residentes en una Eurozona cada vez más depauperada económica y socialmente.

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