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Semanario Económico y Financiero de Cuba

Amado Maestri: Peto, careta y algo más

Los mejores peloteros cubanos siempre tuvieron espacio y reflejo en las páginas de las principales publicaciones deportivas del país, sin embargo, en contadas ocasiones los árbitros recibieron tal reconocimiento

El interés recayó siempre en los héroes deportivos: antaño fueron José de la Caridad Méndez, Adolfo Luque o Miguel Angel González; más acá Omar Linares, Antonio Pacheco y Orestes Kindelán, y ahora otros acaparan la atención de la opinión pública.

Por el contrario los hombres de negro, encargados de impartir justicia en los terrenos, aún son generalmente ignorados, aunque existe una histórica e imprescindible excepción.

La historia del hombre que presento creció detrás del plato cuando la afición beisbolera cubana alcanzó niveles de popularidad insospechados a principios de la década de 1940.

En medio de aquella tormenta apareció también en los graderíos del estadio La Tropical el injustificado fanatismo y la toma de decisiones exigió valor a toda prueba.

Allí, en aquel escenario, surgió la figura de Amado Maestri el 17 de octubre de 1936, al inaugurarse el campeonato profesional cubano.

Maestri llevó la voz cantante en el cerrado triunfo 2-1 del club Marianao sobre el Almendares. Desde el comienzo impuso autoridad, pero debió enfrentar el reto de directores y jugadores inconformes.

Concluida la campaña invernal, casi todos los cronistas deportivos reconocieron el desempeño del debutante, capaz de poner fin a las protestas absurdas y los estallidos de cólera en las tribunas.

Para ellos, Maestri imprimió a su labor de magistrado una dignidad ejemplar, la cual tampoco estuvo exenta de equivocaciones como humano al fin.

Roberto Amado Maestri Menéndez nació en el habanero poblado de Regla el 8 de diciembre de l909, y desde pequeño amó el béisbol.

Apenas actuó como receptor del equipo Cubaneleco, representativo del sector eléctrico en los torneos de la Unión Atlética Amateur, y quienes lo vieron jugar cuentan que le faltaba talento, pero le sobraba valentía y temperamento agresivo.

Tras participar en la huelga obrera de 1935 perdió el empleo en la empresa eléctrica, y colgó los arreos como jugador activo para calzar los de árbitro en el certamen de la Unión Atlética.

De ahí pasó al torneo inter-regimientos del Ejército hasta firmar contrato con la Liga Cubana de Béisbol Profesional.

Cierta tarde, mientras los conjuntos Habana y Almendares escenificaban un reñido encuentro en el estadio La Tropical, Amado escuchaba la insistente mofa de un popular pelotero almendarista.

En la primera parte del tercer episodio, detuvo el juego y se dirigió hacia el dogout. Llamó con nombre y apellido al jugador de marras y sin darle oportunidad a pronunciar palabra alguna le dijo:

“Hace un buen rato lo escuché decir cosas incorrectas. Recuerde que los que están en las graderías no pagaron por presenciar que yo lo expulsé, sino que vinieron a verlo conectar un gran batazo”.

Con certera convicción hirió directamente el amor propio del individuo y demostró el profundo dominio de sí mismo que debe tener un árbitro.

Poco menos de un año después, Amado Maestri viajó al extranjero contratado por la Liga Mexicana y allí protagonizó otro hecho sin precedente en los anales beisboleros de aquel país.

El domingo 2 de junio de 1946, durante un desafío entre México y Veracruz, en el parque Delta de la Capital, expulsó del juego al estadounidense Mickey Owens, catcher-manager del México, porque este protestó en forma descompuesta una decisión en el home.

Una concurrencia superior a las 30 000 personas observó que el magnate Jorge Pasquel, dueño del club México y presidente de la Liga, abandonó su palco y bajó al terreno con la intención de reprenderlo.

En un país extraño, frente a un millonario de facultades ilimitadas, quizá otro hubiese tratado de contemporizar para evitarse problemas, pero Maestri no pensó en ello y puso por encima de todo la dignidad del árbitro.

Encarándose a Pasquel lo expulsó con plena conciencia de que el acto le significaba la pérdida del trabajo. “Yo me voy de la Liga y de México después del juego -le dijo en tono enérgico-, pero usted se va ahora mismo del terreno”.

Al día siguiente acudió a las oficinas de la Liga a cobrar sus honorarios y regresó a Cuba.

También en la pelota cubana fue el actor directo de un hecho de trascendental valentía. Esta vez sucedió en el Nuevo Stadium del Cerro, el 23 de noviembre de 1952.

Allí un nutrido grupo de estudiantes universitarios, encabezados por el líder José Antonio Echeverría, se lanzó al terreno portando una gigantesca tela en contra del régimen dictatorial de Fulgencio Batista.

De inmediato, numerosos policías reprimieron a los jóvenes con brutales golpizas. Maestri volvió a poner a prueba el excepcional coraje y al interponerse impidió que se consumara el cruel propósito.

Amado Maestri quedó en Cuba al finalizar la contienda profesional (8 de febrero de 1961), y fue uno de los pilares en la nueva estructura de los novedosos campeonatos beisboleros, con jugadores aficionados procedentes de las antiguas seis provincias.

Durante la inauguración de la I Serie Nacional (14 de enero de 1962) formó parte de la cuarteta de árbitros actuantes: Maestri (home), Rafael de la Paz (primera base), Francisco Fernández Cortón (segunda) y Enrique Roger García (tercera).

La muerte lo sorprendió el 22 de septiembre de 1963, a los 53 años de edad, víctima de un repentino infarto cardíaco. La desaparición física de Maestri deparó al béisbol la pérdida de un excelente juez y a Cuba la de un ejemplar ciudadano.