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Adios al hombre que pintaba con las palabras

Cuando Luis Carbonell celebró, le celebramos, su 90 aniversario, pensé en la posibilidad de que llegara a ser centenario, sin darme cuenta de que de todas formas ya el Acuarelista de la Poesía Antillana había tocado con su vida la inmortalidad y los dioses le reclamaron que fuera a ocupar el sitio que le pertenecía en el Olimpo.

El pasado sábado Luis falleció pero gracias a las numerosas entrevistas que dio y su prodigiosa memoria ahora podemos internarnos en algunos retazos de su vida.

Este recuento nos lleva a su querido Santiago de Cuba, a la calle Rastro 17, entre Trinidad y Callejón del Toro, donde un 26 de Julio de 1923,  abrió  por primera vez sus ojos al mundo.

Su mamá era una profesora muy destacada, también sus hermanas, por lo que a nadie extrañó que su primera inclinación profesional fuera la de graduarse de profesor de inglés. Su madre, Amalia Pullés tenía, por su calidad profesoral, el expediente número uno de la antigua provincia de Oriente. Su padre Luis, trabajó duro desde los 13 años en los ferrocarriles, llegando a ser jefe de taller.

Sin embargo, un travieso duende de la música estaba en Luis Carbonell desde antes de esa decisión, haciéndole las primeras señales de lo que sería su verdadero sendero en la vida.

En sus entrevistas ha confesado cómo su mamá lo puso a estudiar primero violín en la Academia de Bellas Artes de Santiago de Cuba, pero tuvo que dejarlo por dificultades con uno de sus dedos.

Mientras para otros eso hubiera sido razón suficiente para decirle adiós a la música, para Carbonell fue todo lo contrario: se puso a estudiar piano de manera autodidacta, y sin pretensión alguna no deja de contar cómo ya sabía lo que era la clave de fa y cuál la de sol.

Una anécdota da cuenta de su talento,  ya en aquellos primeros años. Fue cuando una de sus hermanas menores se examinó en el Conservatorio y al pequeño Luis la curiosidad lo llevó hasta un estudio vacío donde, quizás esperando por él, se encontraba un piano.

Tomó asiento y comenzó a acariciar las teclas y finalizó tocando una pieza, sin saber que detrás de él, admirada, se encontraba la directora del Conservatorio, cuyo asombro aumentó cuando el propio ejecutante le dijera que la composición no se la había enseñado nadie, sino que la aprendió por sí mismo.

De nada valieron las palabras de la rectora de la institución, en aquel momento su mamá se negó a que él fuera pianista, ya que soñaba con que el chico se hiciera médico o abogado.

En otros, con menos voluntad que la ya mostrada, ello hubiera puesto punto y final a sus aspiraciones. Aunque no aclara en las entrevistas que le hicieron cómo convenció para que lo dejaran cumplir con su destino. Lo cierto es que siendo aún un chico tomó clases de piano con una mujer a la que rinde emocionado recuerdo cada vez que la menciona: la maestra Josefina Farret.

Sucedió en la casa de esa profesora,  donde en reuniones informales, comenzó a declamar y a utilizar la música que había aprendido como un apoyo para los textos poéticos. Fue en ese hogar, con 19 años, después de recitar, donde recibió la primera crítica escrita, lo que confirmó la decisión tomada: sería artista.

El comentario favorable se lo escribió en una libreta un destacado escritor de la radio cubana y decía así: «Para este gran artista santiaguero cuyo polifacetismo será valuado en mucho cuando en Cuba se cotice el verdadero arte. Con un abrazo camaraderil, Arturo Liendo, 11 de febrero de 1942».

Hay otros hitos en su vida que no se pueden olvidar: su paso por la emisora santiaguera CMKC, donde dirigió programas; las artes de las que se tuvo que valer para que un jovencito no con-vencido se hiciera intérprete por las facultades vocales que tenía. El joven era estudiante de la Escuela Normal y gracias a la persistencia de Luis aceptó, durante un año que le montara un amplio repertorio con el que se dio a conocer públicamente en la planta radiofónica anteriormente citada. El joven respondía al nombre de Pacho Alonso, y fue considerado por Carbonell como uno de los mejores boleristas de todos los tiempos.

NEW YORK, NEW YORK

Y EL BAUTIZO

Luis Carbonell estuvo en Nueva  York de 1946 a 1948. Allí se reencontró con Esther Borja, a la que había conocido cuando estaba en Santiago de Cuba y quien se convirtiera en una especie de hada madrina para el artista.

Ella le presentó en la ciudad de los rascacielos a Ernesto Lecuona , quien lo in-vitó a su casa, donde hizo amistad con Diosa Costelo, la actriz puertorriqueña más famosa en aquellos momentos en Estados Unidos.

Costelo lo invitó a su espectáculo en el teatro Hispano, lo que le deparó innumerables aplausos de aceptación. También agradeció la relación de amistad con Eusebia Cosme, declamadora de poesía negra, y con otras figuras que brillaban en el firmamento artístico de entonces.

Cargado de muchas experiencias regresa a La Habana y de nuevo Esther Borja, su hada madrina, no sin pasar mucho trabajo ante las negativas para aceptarlo como declamador en los espectáculos que se ofrecían en el Yara, logra que se le incluya en una gala de homenaje al destacado cancionero cubano René Cabell.

Para ello habló con el director artístico José Antonio Alonso, quien después de hacerle una audición, accedió a ponerle en el innumerable elenco que abría a las nueve de la noche, nada más y nada menos que con Rita Montaner, a la que seguirían a continuación otras populares figuras, incluyendo cinco declamadores.

Me imagino cómo se habrá sentido Carbonell en ese hermoso teatro Auditorium (hoy Amadeo Roldán), mientras las manecillas implacables del reloj parecían detenerse y cada vez percibía más lejana  la posibilidad de subir a aquel escenario.

El momento ansiado llegó a la una de la madrugada cuando solo un milagro artístico hizo que florecieran los aplausos que premiaran los cuatro poemas que interpretó.

Esa noche fue la del bautizo antepuesto a su nombre cuando el artista argentino Pepe Biondi  le dijo a Carbonell:  «Usted no recita. Usted dibuja los versos, los pinta. Usted es un acuarelista de la poesía».

Esa sugerencia fue aceptada y desde ese momento comenzó a anteponer su nombre el de Acuarelista de la Poesía Antillana. Lo de antillana viene porque ello significa algo más que negra y mestiza, y abarca toda el área del Caribe.

La primera innovación en el arte de la declamación que hace Carbonell es la vinculación del ritmo a la poesía, como un protagonista más y no como un personaje de comparsa, de fondo, como se había hecho hasta ese momento. Tony Pinelli, en un artículo publicado señala que «Luis Carbonell fusiona la clave con la declamación, recitando a tempo, con lo que logra ese ritmo contagioso en sus presentaciones, que lo hacen el primero y único declamador que logró, gracias a su entrenado oído e ingenio, unir poesía y música más allá de la canción e incluso, un antecedente culto y legítimo de las modalidades que hoy en día hablan con acompañamiento musical».

Un disco que marca un ahora y un después en la discografía cubana es el que hizo con Esther Borja, donde ella canta a dos, tres y cuatro voces, canciones cubanas.

Luis recuerda esa grabación con Esther Borja de la siguiente manera: «Era muy difícil porque al no haber pistas se grababa la primera voz, ella se ponía los auriculares, la escuchaba y sobre esta cantaba la segunda; repetíamos la operación, escuchaba el dúo y volvía a cantar montándose el trío y de igual forma se grababa la cuarta voz».

Carbonell propuso grabarlo a dos pianos y su amiga aceptó aquel reto mientras él hizo el segundo piano y ese acetato hoy es considerado como una de las más novedosas grabaciones en la discografía cubana.

Fue un trabajo nunca antes hecho en Cuba y durante siete meses prepararon el montaje de las voces, ensayando todas las tardes hasta lograrlo y luego fueron a la grabación con la firma RCA Víctor, que pensaba inaugurar sus actividades en esta capital con el fonograma y otro del propio Carbonell.

El Acuarelista de la Poesía Antillana también ha incursionado con éxito como cuentero, donde su repertorio abarca no sólo narradores de nuestro archipiélago, del Caribe y de Latinoamérica, sino también más allá de nuestra frontera continental con obras de Balzac y Chejov.

No queremos terminar estas líneas sin referirnos al hombre, que siempre de manera gratuita, ha impartido clases y formado grandes talentos como el grupo de Facundo Rivero, el de Orlando de la Rosa, las D'Aida, el Cuarteto del Rey (cuando lo integraba Pablo Milanés), el Trío Antillano y el grupo Los Tres.

Aparte dejo su trabajo con Los Cañas, a quienes considera como el hecho más importante en su vida por haber sido los primeros que hicieron música clásica con ritmos populares cubanos, sobre todo Bach, Chopin, Schubert y Shostakovich. 

Esa agrupación estaba integrada por Tony Pinelli, Paquito González, José Mateo, Iván Cañas y Roberto Benítez. LC

(Fuentes: “Palabra Nueva”, entrevista en Juventud Rebelde, libro “Rostros que se escuchan”, artículo de Tony Pinelli)