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Barbarito Diez, una voz de leyenda

Al cumplirse los 40 años de la creación de su orquesta, evocamos su figura

Los 40 años de vida de la orquesta de Barbarito Diez imprescindiblemente nos traerá siempre la figura de su creador, ya fallecido, quien rompió los moldes establecidos al apoyarse solamente en su voz, sin ningún movimiento escénico.

Sus facultades vocales eran tales que cuando Antonio María Romeu, el mago de las teclas, lo oyó por primera vez sentenció: “!Oye, qué buena voz tiene ese muchacho y qué medida musical!”.

Nacido el 4 de diciembre de 1910 en Bolondrón, provincia de Matanzas, en un central azucarero que se llamó San Rafael de Jarrín, Barbarito fue llevado a la edad de cuatro años al central Manatí (actual Argelia Libre), donde su padre era obrero del ingenio y su madre la partera del lugar.

Dicen que de aquellos tiempos fue su inclinación a la música y su predilección por las canciones de Miguel Matamoros y de las interpretaciones del famoso trío.

Su primer trabajo fue como mecánico en el ingenio durante los períodos de molienda hasta que en un tercer viaje a la capital decide prolongar su estadía, alternando con su regreso al hogar en los tiempos de cosecha. Amante de la música, una noche fue llevado por un amigo, Alberto Rivera, a Vapor número siete, esquina a Hornos, donde ensayaba el Sexteto Matancero de Graciano Gómez.

Gómez estaba buscando una voz prima y Rivera -ni corto, ni perezoso- al presentar al visitante añadió entre sus virtudes lo del canto.

El propio Graciano recordaría en una entrevista en 1977: “Albertico era muy asiduo a los ensayos, me presentó a un hombre joven y muy serio y me dijo que aquel joven cantaba. Le pedí que lo hiciera. La voz de aquel joven no necesitaba de micrófono, es esa misma voz que aún conserva Barbarito Diez y cantó así, como siempre lo hemos visto, sin apenas moverse. Al día siguiente lo convencí para que se quedara en el trío”.

La musica por siempre

A partir de allí, la música ocuparía todo su tiempo. El Sexteto Matancero solía transformarse en cuarteto, trío y hasta dúo, de acuerdo con las circunstancias y en todas esas combinaciones estaba presente Barbarito.

Como trío cantaba en los cafés Mar y Tierra y Vista Alegre, este último situado en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, abierto las 24 horas. Era un sitio que tenía entrada por las tres calles, contaba con un restaurante, salones amplios de muchas mesas y una gran barra. Allí acudía gente de buena posición económica, que luego solía contratarlos para que amenizaran sus fiestas familiares.

A Barbarito le decían “el negro lindo”, no bebía ni fumaba, y aparte de sus cualidades interpretativas, la gente admiraba su manera caballerosa de conducirse en sus relaciones con los demás.

Fue en el Café Vista Alegre, lugar en que conociera al Maestro Antonio María Romeu, al doctor Eduardo Robreño, a Sindo Garay, a Sánchez Galarraga, al guitarrista Guyún, a Gonzalo Roig…

La idea de que Barbarito, sin dejar el trío (integrado además por Isaac Oviedo y Graciano Gómez), se uniera a la Orquesta de Antonio María Romeu, fue de Robreño.

Con esa agrupación hizo sus primeras grabaciones de discos con temas como Dime que me amas, de María Teresa Vera, Volví a querer, de Mario Blanco; Dale como es, de Graciano Gómez; El bombero, de Julián Fiallo y De amor no se muere nadie, de Faustino Miró.

En realidad, el artista grabó más de 20 discos de larga duración, sin contar los sencillos, pero entre la larga lista de las composiciones que prefería más se encontraban, En falso, de Graciano Gómez, Perla Marina, de Sindo Garay, Longina, de Manuel Corona y Allí donde tú sabes, de Luis Marquetti.Al fallecer Romeu, la orquesta pasa a ser dirigida por su hijo y Barbarito. Cuando el primero se jubila, deciden adoptar el nombre de Orquesta de Barbarito Diez.

Barbarito actuó en varios países, pero sin duda dejó huellas inolvidables en República Dominicana y Venezuela.

Odilio Urfé nos contaba que un día en Santo Domingo una vendedora de discos se insultó cuando él, de manera falsamente ingenua, le preguntó quién era el señor que aparecía en uno de los grandes afiches que adornaban la tienda.

“Pero, ¿cómo es posible que usted no conozca que ese es Don Barbarito Diez?”.

A partir de 1980 hizo varios viajes a tierras venezolanas y al regreso venía cargado de anécdotas, como aquella en que un matrimonio le regaló un reloj de lujo porque ellos se habían enamorado mientras oían algunas de sus interpretaciones.

No sé ahora, pero en aquellos tiempos nos contaban que en las fiestas familiares venezolanas no podían faltar sus discos que casi siempre eran el plato fuerte de esas reuniones.

Barbarito Diez falleció el 6 de mayo de 1995 y contaba con la Distinción Por la Cultura Nacional Raúl Gómez García, la Medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela.