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Neruda y el anónimo capitán

Corría 1952. Hacía tres que Pablo Neruda había aparecido sorpresivamente en la sesión de clausura del Congreso Mundial de Partidarios de la Paz, reunido en París.

Ante centenares de delegados de todo el planeta, entre ellos Picasso, Aragón y Elsa, Paul Eluard, Federico e Irene Joliot-Curie, Charles Chaplin, Dimitri Shostakovich, Lázaro Cárdenas, Ilya Ehremburg, Luis Cardoza y Aragón y Aimé Césaire, el moderador de la plenaria anunció la intervención de un último orador: "Un hombre perseguido a quienes ustedes no han visto todavía: Pablo Neruda".

Ante la alegría y sorpresa general, la presencia pública del poeta clandestino significó un respiro colectivo en todos aquellos espíritus nobles y progresistas.

De inmediato, en Santiago, el presidente González Videla declaró que esa persona no era Neruda, que era sin duda un doble o un impostor. No podía creer que Neruda hubiera podido burlar las redadas, saltar por encima de los muros, desafiar sus jaurías y finalmente sonreír en la libertad y en la alegría de vivir. Pero así fue y el hombre más buscado por la policía del régimen durante tres años, había encontrado de nuevo su dimensión de hombre público.

No así, paradójicamente, acontecía en su universo interior. En agosto de ese mismo año de 1949, Neruda había viajado en compañía de Paul Eluard a la Ciudad de México para asistir al Congreso Continental por la Paz.

Pero al llegar allí lo atacó una tromboflebitis que lo postró en cama durante varias semanas. Fue entonces cuando apareció una chilena cuyo rostro le resultó familiar al poeta, quien dedicó sus energías a cuidarlo con celo maternal.

Era Matilde Urrutia, una mujer aún joven, de mirada viva y enérgica, a quien había conocido en 1946 en el Parque Forestal de Santiago de Chile, durante un concierto al aire libre. En aquella ocasión, cuando Blanca Hausser presentó a Neruda a la futura musa, ocurrió el clásico flechazo que estremece al unísono los corazones de una pareja y los deja bien heridos de amor para siempre.

El problema era que Neruda andaba por entonces muy ocupado con su reciente elección como senador de la República, su militancia en el Partido Comunista y la confección del ambicioso libro épico Canto general. Además, estaba casado con Delia del Carril, una intelectual argentina, veinte años mayor que el poeta.

Matilde, quien poseía una bella voz de soprano, daba recitales en distintas ciudades de América, hasta que llegó a México, donde decidió radicarse. Durante la convalecencia, el amor entre Pablo y Matilde se consolidó de manera invulnerable. A los pocos días se dieron cuenta que los lazos echados allí eran definitivos e irrompibles, por lo que Neruda se vio obligado a convertirse una vez más en hombre clandestino.

Y esa nueva vida secreta se confunde con la leyenda misma, que el propio Neruda se encargaría de revolver para burlar a sus biógrafos. Vive casi un año en México con su amada; luego viaja a Europa, publica el Canto general con honores nunca vistos por un poeta latinoamericano; va a la India, retorna; visita Praga, China, vive en Italia, hace viajar a Matilde a Suiza, se encuentran en la isla de Capri; van, vuelven, se esconden, salen; hasta que el poeta, otra vez público, pone fin a su exilio de tres años y seis meses, y se instala en Santiago de Chile en la casa de Michoacán, junto a su esposa Delia del Carril.

Allí vive, trabaja y comparte espléndidos almuerzos con sus amigos. Pero la siesta la duerme en otra casa, en La Chascona, donde reina su adorada Patoja, Matilde Urrutia.

Oficialmente, Neruda solo ha publicado el Canto general, y desde luego, innumerables reediciones y versiones a otros idiomas de centenares de poemas, tanto los de amor como los de temática combatiente.

En 1954 aparecen dos libros suyos: Las uvas y el viento y Odas elementales, que por el carácter político y abiertamente prosoviético del primero, y por la sencillez rayana en lo antipoético del segundo, suscitan enardecidas polémicas en Chile y en todo el continente americano.

Sin embargo, el mundo entero ignoró que el 8 de julio de 1952, en la ciudad italiana de Nápoles, se habían impreso 44 copias -una por cada suscriptor de una lista de amigos, camaradas y devotos lectores- de un libro de “autor anónimo” titulado Los versos del capitán.

La obra, precedida por un prólogo apócrifo firmado por Rosario de la Cerda expresa que su marido, un capitán "del partido de La Pasionaria", muerto durante la Guerra Civil Española, había dejado escritos esos versos en innumerables papeles y servilletas y que ella se lo enviaba al editor para que lo publicara como testimonio de amor y de lucha.

El libro contiene una variedad inusitada de belleza lírica, donde el amor pleno del otoño se confunde con la pasión revolucionaria y desemboca en la sencillez, en la esperanza y en la alegría de amar y de vivir.

Neruda, quien rehusó firmar el libro con su nombre "para no herir a Delia", según dijo alguna vez, sólo reconocería la paternidad diez años después cuando la Editorial Losada, de Buenos Aires, publicó la segunda edición de sus Obras completas.

Mientras tanto, se habían realizado encuestas y sucedido divertidas polémicas en torno a la autoría de tan hermoso poemario. A todo lo largo y ancho del continente americano, y aún de España, los lectores, estudiosos e investigadores de la poesía, apostaban a que el anónimo autor se escondía entre los nombres de Rafael Alberti, Emilio Prados, Miguel Otero Silva, Raúl González Tuñón, Jorge Zalamea o el mismo Neruda.

Un escritor colombiano, Néstor Madrid-Malo, analizando pacientemente línea por línea, descubrió que el autor de Los versos del capitán no podría ser otro que el chileno Pablo Neruda, cuya voz inconfundible se "oía" en la música de esas estrofas elementales. Y fue entonces, cuando el propio Neruda decidió poner punto final a tan delicioso enigma.