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Semanario Económico y Financiero de Cuba

Latinoamérica y el Caribe, sistemas agroalimentarios más sostenibles

Opiniones de expertos de la FAO sobre el primordial tema, muy vinculado con la hoja de ruta para una agricultura de conservación, eje central del VI Encuentro Internacional de Agroecología, Agricultura Sostenible y Cooperativismo, que sesionará en noviembre próximo en La Habana

Transformar nuestros sistemas alimentarios y hacerlos más sustentables, justos y equitativos es la mejor forma de enfrentar tanto el hambre como la malnutrición. Es también un buen camino para, con vistas al año 2030, alcanzar las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y lograr que ningún hombre, mujer, niño o niña sufra hambre.

Al comentar sobre el tema, Ricardo Rapallo, oficial de Seguridad Alimentaria de la Agencia de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) para América Latina y el Caribe, afirmó que se trata de promover un sistema más sostenible con medidas enfocadas en la producción, el consumo y el comercio de productos del agro,   implementadas de forma integrada. 

“Los Objetivos de Desarrollo Sostenible llaman a erradicar el hambre y enfrentar todas las formas de malnutrición antes del año 2030. En América Latina y el Caribe esto incluye a 120 millones de personas que viven con obesidad, además de 6 000 000 de niños que tienen baja talla para su edad y otros 4 000 000 con sobrepeso, mientras quienes sufren hambre superan la población conjunta de Ecuador y Chile”, indicó el funcionario.

Señaló que en todos estos fenómenos subyace una causa: la mala alimentación, ya sea por comer poco, mucho o mal. Este factor común explica, en parte, el hecho de que siga existiendo hambre y malnutrición en una región como América Latina y el Caribe, rica en recursos naturales y biodiversidad, y gran exportadora y productora de bienes agroalimentarios.

En las últimas décadas, la zona ha visto enormes cambios en sus patrones alimentarios, fruto de transformaciones socioeconómicas y demográficas. Hoy 80 % de la población regional vive en áreas urbanas, sus hábitos son mayoritariamente sedentarios, y las dietas tradicionales han sido paulatinamente reemplazadas por un consumo cada vez mayor de productos ultra procesados con alto contenido de sal, azúcar y grasas.

Precisó Rapallo que las familias latinoamericanas y caribeñas tienen menos tiempo para comprar alimentos de temporada y cocinar recetas basadas en productos más sanos.

“El escenario es peor para los más pobres, cuyos ingresos muchas veces solo alcanzan para comprar alimentos poco nutritivos, los cuales suelen ser más baratos. La población vulnerable, con menores ingresos, trabajos precarios y poco o nulo acceso a servicios básicos de educación y salud, no tiene otra opción que elegir con frecuencia el desarrollo de estilos de vida poco saludables. 

“La dimensión del desafío actual y los enormes gastos asociados al incremento de las enfermedades crónicas no transmisibles han hecho que la lucha contra la malnutrición se reconozca por fin como un asunto público. Es decir, lo que comemos no es solo una responsabilidad individual: el Estado tiene el deber de liderar la transformación del sistema alimentario actual, para hacerlo más saludable y sostenible, tanto en términos sociales, económicos como ambientales.

“Esta gran transformación necesita de políticas públicas y la participación de todos los sectores del gobierno, trabajando junto con productores, consumidores y la industria alimentaria.

“Mejorar el acceso de la agricultura familiar a los mercados es fundamental ya que este sector es responsable de la mayor parte del abastecimiento local de alimentos frescos y saludables en la región. También se debe perfeccionar la inclusividad y eficiencia de las cadenas alimentarias para reducir la pérdida y desperdicio de comida pues esta sería suficiente para proveer a quienes sufren hambre.

“Fortalecer el comercio intrarregional permitirá rescatar los productos tradicionales de los países y promover un abasto estable de alimentos frescos, mientras que regular la publicidad y la comercialización de comidas ultraprocesadas, implementar un etiquetado comprensible y fomentar programas de alimentación escolar y educación alimentaria, le dará herramientas a las personas para tomar mejores decisiones nutricionales”, concluyó Rapallo.

Por una nueva agricultura

Según Cole Genge, oficial de Programas y coordinador de la red de Representaciones de la FAO en países de América Latina y el Caribe, la agricultura ideal para enfrentar los desafíos actuales y futuros requiere que el monocultivo y la producción insostenible sean reemplazados por prácticas que cuidan el suelo y mantienen su cobertura de forma permanente, rotando diversidad de cultivos para no agotar los nutrientes de la tierra.

“En esta agricultura -dijo-, los beneficios de la tierra alcanzan a todos aquellos que la trabajan con sus manos, y no caen en los puños de solo un pequeño grupo de grandes empresas. Además, la producción rentable convive con la protección del ambiente y los recursos naturales, alterando de forma mínima del suelo a través de la siembra directa y la labranza mínima y protegiendo su cobertura con material orgánico”.

Así describió el experto los principios básicos que inspiran la agricultura de conservación, y que la FAO promueve no solo como un ejercicio de la imaginación sino como una nueva forma de hacer las cosas. Y esta manera de operar no es tan solo una opción, sino que se ha vuelto una necesidad urgente.

Aseguró que es este el tipo de agricultura que necesitamos para enfrentar el cambio climático y aumentar los ingresos de los pequeños agricultores. Es también la que nos permitirá alimentar a los 800 millones de personas que sufren hambre en el mundo y nutrir de forma balanceada a más de 600 millones de seres humanos que viven con obesidad.

“Transitar hacia una forma holística de producir alimentos requiere voluntad política y trabajo codo a codo con millones de pequeños agricultores, pero exige, sobre todo, responsabilidad moral. Nos pide tener la sabiduría necesaria para avanzar hacia un modelo de desarrollo que no privilegia el beneficio inmediato, sino que se inserta de forma armoniosa en el mundo, en sus tiempos y ciclos naturales”, apuntó.

“Exige también deshacer el daño que hemos hecho, ya que más de la mitad de las tierras utilizadas para la agricultura en el mundo están degradadas. Recuperarlas no es solo una prioridad para el desarrollo rural y agrícola. Es un deber humanitario porque 40 % de la población mundial depende directamente de la agricultura para su subsistencia.

“Seguir el camino que hemos recorrido hasta ahora sencillamente no es una opción ya que nos ha llevado al borde del abismo: hoy la agricultura es una de las mayores emisoras de gases de efecto invernadero, ocupa hasta el 70 % del agua dulce y se expande a costa de los mismos recursos en los que se basa nuestra supervivencia y bienestar”.

Insistió el funcionario de la FAO que aún estamos a tiempo de generar un cambio. Tenemos el conocimiento necesario para adoptar una forma de producción que maneja los recursos naturales de forma integrada, y que no solo produce, sino que también conserva y mejora.

Pero ese cambio lo debemos hacer hoy, no cuando la población mundial alcance los 9 000 millones de habitantes y el cambio climático se convierta en una catástrofe global, ya que generar variación en la manera en que producimos los alimentos no solamente afectará a los agricultores.

“Al contrario, tiene el potencial de revolucionar la forma en que el ser humano se relaciona con el medioambiente, revertir el daño hecho a los recursos naturales y considerar los efectos de nuestro modelo productivo a lo largo de la cadena alimenticia completa, desde la siembra de las semillas hasta que llega la comida a nuestras mesas, e incluso más allá, ya que un tercio de los alimentos que producimos acaban en la basura.

“Esta nueva forma de mirar la agricultura requiere inspirar con el ejemplo, y en América Latina y el Caribe existen las condiciones necesarias para eso. La región posee una biodiversidad y riqueza que le ha permitido contribuir al 25 % del crecimiento de la producción mundial de alimentos en los últimos 30 años. En el mismo período es la zona que ha hecho los mayores progresos en la reducción del hambre.

“Si la región cambia su manera de producir y adopta las prácticas de la agricultura de conservación, los efectos se pueden sentir a lo largo del planeta. Pero hacerlo no es fácil. Requiere sistemas de innovación adaptados a las condiciones locales, y también mucha asistencia técnica y científica y sistemas públicos de apoyo para los pequeños agricultores”.

Subrayó que en América Latina y el Caribe, la FAO apoya múltiples iniciativas nacionales que desarrollan sistemas integrados de rotación de cultivos, los cuales siembran leguminosas para incorporar nitrógeno al suelo. Otros incrementan cultivos adaptados localmente y aportan ganado, árboles, polinizadores y formas naturales de realizar control de plagas y enfermedades.

“Los incentivos económicos siempre buscarán mantener el estatus quo. Por eso depende de nuestra generación luchar contra la inercia y generar la agricultura que el mundo actual necesita, una agricultura que no solo nutra a las personas, sino también al planeta”, aseguró Genge.